23.10.2020

Con más de 838,000 casos confirmados y más de 33,000 muertes, la tasa de mortalidad más alta del mundo por COVID-19, Perú es uno de los países más afectados por la pandemia. En julio, Médicos Sin Fronteras puso en marcha una intervención para apoyar la respuesta del Ministerio de Salud al brote en varias regiones del país, incluidas partes de la Amazonia, apoyando hospitales, centros de salud y puestos de salud, así como comunidades locales aisladas.

El coordinador de emergencias Nicholas Papachrysostomou recuerda la intervención de tres meses que terminó a principios de octubre.

Las regiones aisladas de la selva amazónica, una parte extensa y tradicionalmente abandonada del Perú, se han visto muy afectadas por la pandemia. Cuando llegamos a principios de julio, el pico de la primera ola había terminado, pero las necesidades seguían siendo importantes. Muchos puestos de salud habían cerrado durante la primera ola debido a que el personal sanitario estaba contagiado y, por lo tanto, muchas comunidades se quedaron sin atención médica ni suministros.

Nuestro equipo se centró en varias áreas de la provincia de Condorcanqui (región del Amazonas), mientras que otro equipo trabajó en la provincia de Datem del Marañón (región de Loreto). En total, ofrecimos apoyo a un total de 23 centros sanitarios y puestos de salud mediante la donación de medicamentos, kits de higiene y equipo de protección personal para la COVID-19, así como capacitación para el personal sanitario. Acompañamos a los profesionales sanitarios y discutimos con ellos cómo tratar y aislar a los pacientes con COVID-19 y cómo reducir el riesgo de contagio en sus unidades de salud, tanto para los pacientes que no padecían COVID-19 como para los profesionales sanitarios.

Como muchos puestos de salud habían estado cerrados durante varias semanas, otras patologías no habían sido tratadas y nuestro equipo también ayudó a pacientes con otras dolencias. Recuerdo específicamente un caso en el que una mujer llegó angustiada a un puesto de salud donde estábamos, pidiéndonos que ayudáramos a su anciana madre porque le había picado una raya de río. Inmediatamente preparamos una bolsa con suministros de emergencia y navegamos río arriba hasta la comunidad de la paciente, junto con el técnico sanitario local. Tratamos a la mujer, que tenía un dolor agonizante, y le proporcionamos medicación. Me pregunto qué le habría pasado si no hubiéramos estado allí ese día.

 

 

Viajando en bote, también visitamos comunidades indígenas aisladas y de difícil acceso que viven a lo largo de las riberas de los ríos en la selva tropical para distribuir kits de higiene a las familias vulnerables afectadas y realizar actividades de promoción de la salud. En la mayoría de los lugares que visitamos, las personas carecían de conocimientos sobre cómo protegerse del virus y prevenir los contagios en la comunidad. Muchas comunidades no tienen acceso al agua potable, tienen hábitos de higiene diferentes a los de las poblaciones urbanas y viven muy cerca unas de otras. Entonces, los riesgos contagio son bastante pronunciados. Trabajamos con líderes comunitarios para difundir conocimientos sobre medidas de prevención. En un taller con personas influyentes de la comunidad de Awajun en una aldea del río Cenepa, por ejemplo, usamos cuerdas para demostrar de manera clara cómo medir y practicar el distanciamiento social que para estas personas es inaudito, dada su forma colectiva de vida.

Cuando alguien se enferma en estas comunidades, a menudo se usa la medicina tradicional ya que hay pocas otras opciones. En algunos casos, los puestos de salud pueden estar a dos o tres días en bote o caminando, y muchas personas no pueden pagar los costes de transporte o simplemente no son capaces de cubrir las distancias.

La pandemia ha tenido un impacto profundo en la salud mental de la población. Mucha gente se siente abandonada y desatendida. Algunos han soportado estrés emocional porque perdieron a un miembro de la familia, otros todavía sienten ansiedad ante la idea de contagiarse o están preocupados por la disminución de sus medios de vida. Teníamos un psicólogo en nuestro equipo que trabajó con el personal sanitario sobre cómo ayudar a sus comunidades a lidiar con el estrés y la ansiedad. Una técnica bastante innovadora que empleamos fue el uso de globos, en los que los miembros de la comunidad podían escribir sus miedos, sufrimientos o preocupaciones para exteriorizar sus problemas. Cuando se deja volar los globos o estallan, pueden liberarse o incluso eliminarse de forma simbólica estas emociones negativas.

 

 

La otra parte de nuestra intervención se centró en el apoyo a los hospitales en entornos urbanos. Trabajamos principalmente con hospitales como los de Tarapoto, Húanuco y Tingo María que habían tenido un alto número de pacientes en la primera ola de la pandemia y en los que se habían contagiado muchos miembros del personal. En este entorno hospitalario, trabajamos en cooperación con equipos médicos de los Servicios de Salud del País Vasco en España, que tenían experiencia reciente en el manejo clínico de pacientes con COVID-19, y apoyaron a las unidades de cuidados intensivos e impartieron formación en prevención y control de infecciones mientras, compartieron información y experiencias y se revisaron los protocolos hospitalarios relevantes. Los equipos del Servicio Vasco de Salud hicieron donaciones a los hospitales en forma de suministros médicos, medicamentos, equipo de protección personal y docenas de equipos de ventilación mecánica para tratar la dificultad respiratoria relacionada con la COVID-19.