Médicos Sin Fronteras es una organización médico humanitaria internacional sin fines de lucro. Ayudamos a personas afectadas por epidemias, conflictos armados, desastres naturales y excluidas de la atención médica en más de 70 países. Conócenos. Más información
08.10.2021
En los últimos siete años, Youmusa Aguida, de 55 años, y su familia han tenido que desplazarse cuatro veces debido a los enfrentamientos en República Centroafricana. En 2016 llegaron a un sitio cercano a la localidad de Bambari, donde se instalaron en un campo para población desplazada llamado ‘Elevage’, junto con otras personas de la comunidad seminómada Peul.
 
Youmusa pensó que su familia finalmente había encontrado seguridad. Pero tras un periodo de relativa calma una nueva ola de violencia, vinculada al proceso electoral nacional, golpeó el país a finales de 2020. Cuando estallaron los enfrentamientos en Bambari, las 8,500 personas residentes del campo fueron expulsadas por la fuerza el 5 de junio. Todos los edificios, incluyendo las mezquitas, las tiendas y un punto de tratamiento para la malaria instalado por Médicos Sin Fronteras (MSF), fueron quemados hasta los cimientos.
 
Este último estallido de violencia fue excesivo para la madre de Youmousa, una mujer de la tercera edad. "No pudo soportar un cambio más", relata Youmousa. “Después de que nos echaran de Elevage, se negó a comer, no dormía y apenas hablaba. Murió la semana pasada y la enterramos en el cementerio de Bambari, muy lejos de su ciudad natal”.
 
Como la mayoría de las personas que se vieron obligadas a abandonar el campo de Elevage, Youmousa y su familia ahora viven en el recinto de la mezquita central de Bambari, mientras que otras personas son alojadas por las familias locales. Las condiciones de vida alrededor de la mezquita son terribles. La gente comparte habitaciones pequeñas y abarrotadas, otras duermen en refugios improvisados; y la temporada de lluvias empeora la situación.
 
“Cuando cae una tormenta, el agua entra por todos lados. La manta es vieja y tiene agujeros, y el suelo solo es de tierra, por lo que el interior del refugio se vuelve un desastre”, dice Yougouda Bangagui, de 73 años. “Pero lo más difícil para mí es sentirme inútil, porque dependemos totalmente de la ayuda humanitaria”.
 
 
“Me gustaría volver a la tierra que abandonamos cerca de Elevage, pero si las autoridades te ven con un machete te arrestan. Rezo todos los días para que nos saquen de aquí, y vayamos a algún lugar donde podamos vivir en paz”, dice Yougouda.
 

Viviendo en constante miedo

Las personas que viven en el campo improvisado no se sienten seguras. Hawa Oukourou, de cuarenta años, y su esposo no han salido de la mezquita desde que llegaron. Dice que tienen miedo que les detengan porque no cuentan con sus documentos de identidad. A veces envían a sus hijos e hijas a buscar leña y alimentos. Pero le preocupan sus ocho hijas pequeñas.
 
“Cuando salen de la mezquita, me preocupa que les pueda pasar algo, y tal vez no regresen, que alguien me las robe”, dice Hawa. Su esposo, Rebeau Bouda, dice que apenas puede dormir por las preocupaciones. Se siente mal por no poder alimentar y proteger a su familia.
 
“Mi sueño es encontrar un lugar donde podamos establecernos para siempre, donde nadie nos pueda desalojar”, dice. “Me gustaría hablar con los grupos armados y preguntarles: ¿Qué ganan causando tanto dolor?”.
 

El ciclo de violencia continúa

A mediados de agosto, Sallet Abdoulay, de 17 años, regresó de pastorear sus vacas fuera de la ciudad cuando un hombre armado en una motocicleta se detuvo repentinamente y le disparó, dejándolo sangrando en el suelo.
 
Más tarde, un amigo consiguió llevar al joven al hospital de Bambari, que es apoyado por MSF, donde el equipo médico pudo extraer una bala de su abdomen y estabilizarlo. Pero el daño en la columna vertebral de Sallet fue tan grave que nuestros equipos tuvieron que trasladarlo en avión a la capital, Bangui, para que recibiera un tratamiento especializado.
 
 
Su padre de 57 años nunca se apartó de su lado. Él también estuvo a punto de perder la vida una vez, y pasó tres meses en el hospital de Bambari. Las cicatrices por las heridas de machete que cubren su cuerpo cuentan una historia de muchos años de sufrimiento.
 

Niños sin futuro

El conflicto en curso también ha dejado más cicatrices invisibles, especialmente en los niños y niñas que, deambulan por las calles de Bambari, vendiendo nueces de cola para ganarse la vida. La mayoría son de Lima, una aldea cercana a Bambari, que fue atacada por un grupo armado en 2014. Todos los niños y niñas han perdido a uno o ambos padres.
 
Idrissa, de 10 años, vive con su madre y su hermano menor en el centro de la ciudad. “Cuando mi papá fue asesinado, mi mamá cayó en una profunda tristeza. Se pasa el día llorando, no hace nada más. Así que me toca salir a trabajar ”, dice.
“Camino todo el día, desde las siete de la mañana hasta las siete de la noche, vendiendo cola. Hasta el año pasado, iba a la escuela, pero ahora está cerrada. Todos los profesores y profesoras se han ido de Bambari por el conflicto y eso me entristece. Sé que si no aprendo, no me convertiré en un gran hombre”, concluye Idrissa.
 
Los niños y niñas de aquí han sido testigos de mucha violencia en sus jóvenes vidas y corren el riesgo de ser reclutados por grupos armados al estar solos en las calles. Pero no pierden la esperanza de un futuro mejor.
 
“Mi sueño es convertirme en presidente de la República Centroafricana”, dice Amadou, de 12 años. “Daría dinero a los pobres para que pudieran vivir del comercio y no de las armas”.