04.06.2018

El ciclo de ataques y violencia que sufrió Bria, República Centroafricana, en 2017 ha dejado la mayoría de sus barrios vacíos. Y en los que todavía queda gente, sus habitantes permanecen completamente atrincherados.

Es normal: las heridas siguen abiertas y el miedo a que la llama de la violencia prenda de nuevo resulta palpable. En marzo de 2017, una serie de ataques de una brutalidad extrema, perpetrados por grupos de muy diversa índole, se cebaron con la comunidad Fulani, compuesta en su mayoría por musulmanes. En mayo, los vecindarios cristianos fueron atacados con especial saña, lo que provocó que ocho de cada diez habitantes de la ciudad tuvieran que salir huyendo con lo puesto.

La mayoría se instaló en el precario PK3, un campo improvisado en las afueras. Este lugar es también la base de la mayoría de los grupos anti-Balaka, también conocidos como “grupos de autodefensa”. Atacan a combatientes y civiles a los que consideran "extranjeros", musulmanes, árabes o fulani, pero algunos también han forjado alianzas de conveniencia con facciones escindidas de los Seleka, su antiguo enemigo. Toda esta confusión hace que los enfrentamientos entre bandos de un mismo grupo sean relativamente frecuentes.

 

Una ciudad dividida

 

Las líneas divisorias, que ahora marcan como profundas cicatrices la geografía de la ciudad, tienen que ver con la identidad y con una serie de asuntos que han terminado por entremezclarse y por complicarse. Por esa razón, en Bria, al igual que ocurre en el resto del país, simplificar las cosas y afirmar que el conflicto es un enfrentamiento entre cristianos y musulmanes, supondría un tremendo error.

La ciudad está dividida en zonas controladas por grupos armados rivales que forjan alianzas volátiles. Las represalias, los abusos y las coacciones son una realidad cotidiana para la población. En este contexto, cualquier persona enferma o herida que intente salir de su vecindario para acudir al hospital sabe que está poniendo en serio riesgo su vida.

A pesar de que las distancias no son muy grandes, moverse por la ciudad equivale a cruzar la línea del frente y a exponerse a sufrir un ataque, un robo o una paliza. O peor aún: si cualquiera decide que eres sospechoso de ser cómplice de uno u otro bando, tienes todas las papeletas para que te maten. Ni siquiera el hecho de ser un niño o de desplazarte con tu familia supone una garantía de protección. Si te mueves de tu casa, da igual quién seas: tu vida corre peligro.

 

 

 

Llevar la atención médica

 

En 2017, pusimos en marcha una serie de clínicas móviles en varios lugares estratégicos de Bria, como el enclave Fulani en Gobolo, el barrio Bornou y el PK3, el campamento de desplazados que acoge mayoritariamente a cristianos.

El objetivo consiste en facilitar el acceso a la atención médica a los niños menores de 15 años y a los heridos. También en poder llevar al hospital de manera segura a todo aquel que necesite recibir una atención médica urgente o más especializada.

Afortunadamente, en lo que llevamos de 2018 la situación ha mejorado un poco: se abrió el enclave de Gobolo y un puñado de familias han podido regresar a sus hogares en el centro de la ciudad. Sin embargo, el campamento de PK3 todavía alberga a más de 25, 500 personas desplazadas y la inseguridad sigue siendo una constante. Los grupos armados siguen controlando la ciudad bajo ese sistema de frágiles y cambiantes alianzas.

 

 

Además, aunque en el centro de la localidad las cosas estén más tranquilas, los ataques y los combates en la periferia aumentaron exponencialmente. Por ejemplo, el conjunto de aldeas situadas entre Bria e Ippy están desiertas tras los intensos combates que tuvieron lugar en febrero de 2018. Todos sus habitantes tuvieron que huir al monte para poner a salvo sus vidas y a día de hoy aún no han podido regresar.

Para algunos pacientes, una vez que son trasladados a nuestro hospital en Bria, el periplo no termina ahí. Los casos más graves tienen que ser remitidos al programa quirúrgico de MSF en Bangui, la capital. Y ahí comienza de nuevo la carrera de obstáculos. Las amenazas contra nuestro personal que realiza el traslado son habituales y las dificultades para poder prestar atención médica de urgencia a la persona que la necesita son múltiples.

"Nuestro trabajo es proporcionar atención médica gratuita a quienes la necesiten, independientemente de sus orígenes, creencias, afiliaciones políticas y la razón por la que están enfermos o heridos. Es un deber médico consagrado en el derecho internacional humanitario, pero no podemos cumplirlo si nuestro equipo está bajo amenaza ", explica Anne-Marie Boyeldieu, coordinadora general de MSF en la RCA.

 

Personal médico en riesgo

 

Durante los últimos meses de 2017, la violencia invadió Bria. Toda la población pagó un alto precio y el personal médico no fue una excepción. Entre mayo y junio de 2017, más de 30 de nuestros trabajadores se vieron obligados a huir de sus hogares, teniendo que refugiarse durante semanas en el hospital, donde quedaron de nuevo atrapados por el conflicto. 

"Estábamos atrapados en el hospital, como prisioneros. Teníamos que dormir en la oficina para no poner en riesgo nuestras vidas", explicaba por aquel entonces Armel Zengbe, supervisor de enfermería de MSF en el hospital. Todas las mañanas, un vehículo pasaba a recoger a otros miembros del equipo que habían buscado refugio en el campamento PK3, ya que esta era la única manera de garantizar que pudieran llegar a sus puestos de trabajo sin temor a sufrir un ataque.

“Fue muy duro tener que vivir en aquellas condiciones, pero teníamos que hacer todo lo que estuviera en nuestras manos para ayudar a todas aquellas personas”, concluye Armel.

 

Publicado originalmente en el diario El Mundo, España