05.04.2018
Decenas de miles de personas siguen desplazadas tras el estallido de violencia a principios de este año en la provincia de Ituri, en República Democrática del Congo (RDC).
 
Muchos viven en Bunia, en el noreste del país, donde MSF brinda atención médica básica en tres centros de salud y deriva los casos graves al hospital regional y a una clínica privada. Los equipos han instalado un suministro de agua y construido letrinas y duchas en los dos campos de refugiados de la ciudad. Los equipos de MSF también están trabajando en las orillas del lago Albert, que limita con Uganda, y en los alrededores de la ciudad de Mahagi.
 
Ya que los brotes de violencia continúan, las personas siguen en movimiento. De acuerdo con el ACNUR, más de 57,000 congoleños han huido hacia Uganda desde mediados de diciembre, y la gran mayoría de ellos cruzaron el lago Albert en bote para buscar refugio en la región de Kyangwali. La población de refugiados en los asentamientos de Kyangwali era de 36,000 en diciembre de 2017, y aumentó a 68,700 en marzo de 2018. 
 
Cuando llegan, los refugiados descubren que la gran cantidad de personas está poniendo presión en la capacidad de respuesta. Desde mediados de febrero MSF ha realizado 6,000 consultas en su clínica en el centro de recepción de Kagoma, en Uganda, que está abierta las 24 horas de los 7 días de la semana. Además, ha vacunado a más de 15,000 niños y mujeres en edad fértil. Hasta marzo, un brote de cólera ha causado la muerte de 36 personas y dejado a otras 1,792 gravemente enfermas y en hospitalización. 
 
 

“Esta vez es diferente”

 
“Esta es la primera vez que huyo de la RDC,” explica Imani, de 53 años, quien vivió la guerra en Ituri en el año 2000. “Esta vez es diferente. En el 2000, nuestros hogares también fueron incendiados pero pudimos regresar a nuestros pueblos. Ahora las personas están siendo perseguidas y asesinadas. Los atacantes nos persiguen con perros en el bosque.”
 
Conocimos a Sifa, de más de 40 años, un día después de su llegada a Uganda, y nos contó una historia similar. Ella ya había sido internamente desplazada en Ituri hace 15 años. "Primero fuimos desplazados a un pueblo llamado Kafé, cerca del lago. Pero los atacantes se acercaban cada vez más. Estaban decididos a matarnos a todos y no había nadie para protegernos. Decidí venir aquí con mis hijos, que tienen 12 y 15 años, para estar seguros. Mi esposo se quedó en Congo para intentar seguir trabajando ".
 
Baraka, de 20 años, es un pescador oriundo de Kafé. “El 8 de marzo, a eso de las cinco de la mañana, los pueblos en las orillas del río estaban en llamas. Mis redes estaban en el agua y las saqué rápidamente para atrapar a los pescados. Cuando me acerqué a Kafé vi a una mujer que corría hacia el lago. Un hombre armado con un machete la alcanzó y la mató. Mi piroga (una especie de canoa larga y estrecha) es sólo para pescar, no es adecuada para cruzar el lago; así que fui a Chomia, el mercado de la ciudad, para conseguir un bote que me pudiera llevar hasta Uganda. Mi esposa y mis dos hijos ya habían cruzado. [El viaje] me costó alrededor de 15 euros.”
 
Los relatos de hogares incendiados sistemáticamente, personas perseguidas y asesinadas en el bosque hablan de una sucesión de atrocidades en medio de un contexto de incertidumbre sobre lo que está detrás de la violencia y la identidad de los perpetradores. Pero para muchos de los refugiados que llegan a Uganda, estos eventos son más que un resurgimiento de las tensiones históricas que durante muchas décadas entre las comunidades Lendu y Hema en la región.
 
Muchos han dicho no saber nada sobre el paradero de sus familiares, de quienes se separaron durante su huida. Los niños, mujeres embarazadas y los ancianos tienen que ver por sí mismos. Henriette, de 20 años, lleva diez días viviendo en el centro de recepción de Kagoma. Huyó cuando su pueblo en Djugu fue atacado a mediados de enero, y no sabe en dónde están su esposo ni su hijo desde que los perdió durante la confusión creada por el ataque y la huida. Tuvo que renunciar a su maleta con su ropa para pagar el cruce hacia Uganda. Tiene cuatro meses de embarazo, pero no tiene a nadie. 
 

Un sistema bajo presión

 
En Uganda se ha instalado un sistema para brindar protección y asistencia a los refugiados, pero las instalaciones en el distrito de Hoima, en el oeste del país, no son capaces de hacer frente a la cantidad de personas que siguen llegando y la ayuda humanitaria sigue siendo insuficiente. Para los recién llegados, mantener a sus familias es todo un desafío. “Hace una semana nos terminamos la comida que nos dieron las autoridades. Mi tío hace lo que puede para encontrarnos algo de comer, principalmente pescados del lago,” explica Joanne, de 14 años, quien llegó hace poco al campo de refugiados de Maratatu. 
 
Emmanuel, padre de ocho, había decidido regresar a Ituri (a menos de 20 km de Chomia) para ver cómo estaban sus plantíos y llevar algo de comida. “Fui al campo muy temprano por la mañana para conseguir algo de tapioca. Vi llamas en los pueblos cerca del lago. No sabía qué se estaba incendiando. Como todo parecía tranquilo unos días antes, las personas que dormían en el bosque porque estaban asustados de los ataques habían regresado a sus hogares. Los atacantes regresaron al amanecer. Atacaron a las personas con sus machetes, matando a tantos como podían. La única forma en la que yo podía sobrevivir era huyendo otra vez. No pude llevar nada conmigo”