12.04.2018
Kyangwali, Uganda: “Los atacantes tenían máscaras y usaban hachas, machetes y pistolas para matar civiles en la provincia de Ituri, devastada por los conflictos en la República Democrática del Congo”, dice Areiti, madre de siete hijos.
 
Esa mañana, cuando la violencia golpeó a su pueblo de Joo, no tuvo tiempo de preparar el escape de su familia. “Vi cómo mataban a las personas,” dice la mujer de 37 años. “Cortan a las personas con hachas y matan con sus machetes. No puedes verlos claramente porque están persiguiéndote,” recuerda. “Atacaron nuestro pueblo antes de Navidad, pasamos las fiestas en la selva.”
 
Areiti y sus hijos se aventuraron en un trayecto hacia las costas del lago Albert. Y al igual que otras 57,000 personas que han huido de los renovados enfrentamientos en el este de la RDC desde mediados de diciembre, cruzaron el lago y se dirigieron a Uganda en búsqueda de seguridad y una oportunidad en la vida. 
 
“Salimos de la República Democrática del Congo al atardecer. Fue difícil cruzar el lago. El viento era fuerte y era difícil llegar al otro lado. El viento soplaba fuerte, pero Dios nos ayudó y sobrevivimos,” relata, mientras prepara la poca comida que tiene para sus hijos. Tuvieron que vender la única cabra que tenían para poder pagar al pescador que los ayudó a cruzar el lago. Ahora Areiti y seis de sus hijos tienen muy pocos recursos para sobrevivir como refugiados en Uganda, donde viven desde febrero de 2018. 
 
Para Areiti, el dolor del exilio es exacerbado por el hecho de que la violencia la separó de su esposo y uno de sus hijos. Esperan reunirse de nuevo, aunque como continúan los asesinatos en RDC, es difícil que sus seres queridos encuentren una ruta de escape. Por ahora, ella y sus seis hijos viven con la esperanza de que su familia vuelva a estar completa de nuevo, a la vez que intentan olvidar las terribles situaciones a las que sobrevivieron.
 

“No tenemos nada”

 
Cuando las familias como la de Areiti llegan a las costas de Uganda, viajan en autobús para llegar al centro de recepción de Kagomo para registrarse. El proceso puede tomar varias semanas porque el centro está sobrepoblado, ya que alberga a 6,000 personas en un espacio que fue construido para albergar sólo a cientos. 
 
Una gran cantidad de recién llegados no tienen ningún lugar donde dormir más que en refugios improvisados hechos de madera y cobertura de plástico. En estos lugares, hombres, mujeres y niños de todas las edades comparten colchonetas y alfombras de bambú, y duermen espalda contra espalda para que todos tengan espacio. Los afortunados lograron escapar y llevar con ellos sillas de plástico, bidones y cubetas. La mayoría llegó con las manos vacías, sólo tenían la ropa que traían; y ahora necesitan ayuda desesperadamente. 
 
 
A medida que el número de nuevos arribos abrumaba las instalaciones del centro de recepción, con las precarias condiciones y con el limitado acceso a agua potable y letrinas; el brote de cólera que comenzó a extenderse a mediados de febrero ha cobrado un precio abrumador entre la población de refugiados vulnerables.
 
Para finales de marzo, el cólera ya había dejado a al menos a 39 personas muertas y 1,955 casos severos habían sido admitidos en instalaciones médicas especializadas. El riesgo de una epidemia de sarampión también es una realidad. MSF instaló una clínica para pacientes ambulatorios dentro del centro de recepción y está vacunando contra el sarampión a los niños recién llegados para mitigar los riesgos. Para Janet, una mujer de 30 años y madre de tres niños pequeños, su llegada a Kagoma el 9 de marzo le causó poco alivio. “No tenemos nada, ni siquiera tengo vasos para beber agua,” dice Janet, cuya familia huyó del pueblo de Tchomia.
 
Su esposo también está desaparecido debido a la violencia en la provincia de Ituri. “Mis niños y yo estamos sufriendo aquí. Uno de ellos está enfermo, todos estamos en problemas”, relata, mientras busca asesoría médica en la clínica de MSF. Al igual que todas las demás personas en este lugar, lucha contra los terribles recuerdos de su hogar mientras lucha por mantener a sus hijos vivos y en buen estado. “Muchas personas fueron asesinadas con armas y algunos de sus cuerpos fueron cortados a la mitad con hachas. Otros fueron alcanzados por flechas,” dice. Janet recuerda haber subido a un bote con sus hijos mientras miraba hacia la costa congoleña, y veía sólo pueblos ardiendo. 
 
Aunque ella y sus otros niños están a salvo del tipo de violencia que engullía la región en la que vivían en Ituri, ahora deben acostumbrarse a esperar para ser registrados antes de poder ser enviados al campo. 
 

Sin otra opción

 
El campo de refugiados de Mara Tatu, que está cerca del centro de recepción, está en un área fértil del oeste de Uganda, a unos 250 kilómetros de Kampala, la capital. Alrededor de 75,000 refugiados viven en los campos del área, incluyendo a unos 40,000 congoleses recién llegados de Ituri, principalmente mujeres y niños. En el campo, los recién llegados reciben poco más que algo de plástico para construir tiendas de campaña improvisadas que serán su hogar al menos durante las primeras semanas. Quienes han estado ahí ya no recolectan madera para intentar construir estructuras más duraderas. 
 
 
La diferencia principal entre el campo y el centro de recepción es que el campo es mucho más tranquilo y hay espacio, por ahora, para todos. Pero las historias que relatan los refugiados son igual de violentas. Emmanuella, una mujer de 42 años, huyó de Ituri con su esposo y cinco hijos después de que su hogar, en el pueblo de Tara, fuera atacado por una milicia durante los días alrededor de la navidad de 2017.
 
Mataron a mi hermana de un disparo a la cabeza, y a mi hermano lo asesinaron con un machete,” recuerda. “Ambos estaban corriendo para escapar de un grupo armado, y fueron asesinados en la selva.” Antes de huir a la República Democrática del Congo, la familia de Emmanuela logró refugiarse en Tchomia, la ciudad vecina, pero dos días también fue atacada. Ella y su familia están viviendo en Mara Tatu, sin esperanza de regresar a su hogar. La situación en República Democrática del Congo muestra pocas señales de calmarse, y los refugiados como ellos no tienen otra alternativa más que aceptar la situación y mantenerse lejos de sus hogares por el momento. 
 
Por ahora hace todo lo que puede para ser la mejor madre para sus hijos. “Las ONGs nos están dando alimento, y supuestamente debe durarnos un mes. Pero después de dos semanas se acaba,” dice. “Algunas personas están recurriendo al robo debido a esta escasez de comida.” Pero Emmanuella no pierde la esperanza: cerca de la tienda de campaña de la familia, está cultivando frijoles rojos para alimentar a sus hijos. “Seré paciente hasta que crezcan, no tengo otra opción”.
 
 

Entradas relacionadas