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30.12.2021

La agitación política y la llegada de la COVID-19 han dejado debilitado el sistema sanitario de Myanmar. Ahora que el 2021 llegó a su fin, nuestro equipo en el terreno hace un repaso de nuestra respuesta a la COVID-19, reflexionando sobre lo que podemos estar orgullosos y qué podríamos haber hecho mejor; los dilemas, límites  y las soluciones a veces incómodas. 

El sistema de salud pública en Myanmar es un desorden. Días después de que los militares tomaran el poder el 1 de febrero, el personal médico abandonó sus trabajos, encabezando el movimiento de desobediencia civil que vio a los empleados del gobierno, de todas las dependencias, irse a huelga. 

La mayoría no ha regresado. Las personas en huelga que continúan trabajando en clínicas clandestinas corren el riesgo de ser atacadas y detenidas por las autoridades. Al menos 28 profesionales de la salud han sido asesinados desde el 1 de febrero, y cerca de 90 siguen arrestados.

Cuando el asediado sistema de sanitario público de Myanmar se encontró con el brote de COVID-19, los hospitales se vieron rápidamente sobrecargados.

 

 

Crematorios saturados y estantes vacíos

A medida que los contagios por COVID-19 alcanzaban su punto máximo, las camas en los hospitales eran a menudo imposibles de conseguir y un número incalculable de personas se apresuraron a recorrer los pueblos y ciudades de Myanmar para obtener sus propios suministros de oxígeno para administrar en casa. 

Los crematorios no podían procesar los cuerpos con la suficiente rapidez. Las consultas de rutina, cirugías y vacunas fueron canceladas mientras la frágil fuerza de trabajo médica respondía al brote. Las compras de pánico dejaron los estantes vacíos en las farmacias.  

El Ministerio de Salud de Myanmar contabilizó cerca de 20,000 muertes registradas por COVID-19 hasta finales de 2021 – la cuarta tasa de mortalidad más alta en el sudeste de Asia. Pero esta cifra es engañosa – solo contando a las personas que murieron en hospitales. Innumerables personas fallecieron en sus hogares mientras las instalaciones estaban llenas.

 

 

¿Cómo respondió MSF? 

Se nos concedió permiso para abrir tres centros independientes de tratamiento de COVID-19 para recibir a pacientes con síntomas de moderados a graves en la ciudad más grande de Myanmar, Yangon, y en los municipios de Myitkyina y Hpakant del estado de Kachin. 

Sorprendentemente, aunque algunos de nosotros enfermamos gravemente con el virus, nadie del equipo perdió la vida a causa de la COVID-19, pero muchos integrantes de nuestras familias sí. A pesar de esto, nos unimos y nos cuidamos mutuamente, trabajando horas extras para poner en funcionamiento los centros para las personas que sabíamos que necesitaban urgentemente sus servicios.

Aunque no pudimos salvar a algunos pacientes admitidos en estado crítico, algunas personas se recuperaron notablemente. Una mujer que vivía con VIH apenas podía respirar cuando llegó a nuestro centro. Pero en cinco días estaba sin oxígeno y pudo ser dada de alta, dando paso a otro u otra paciente. 

Para otros, el progreso fue lento y estable. Una mujer de 64 años estuvo en nuestra clínica en Myitkyina por 46 días, mejorando lentamente su capacidad pulmonar hasta que sus niveles de oxígeno fueron lo suficientemente buenos para poder irse a casa.

 

 

Cuando no hay soluciones aceptables 

Nuestra respuesta podría y debería haber sido más grande. Si bien teníamos permisos para ejecutar respuestas contra la COIVD-19 independientes en tres lugares, no todas las autoridades de salud locales estaban de acuerdo. 

El 11 de agosto empezamos a apoyar un centro en Lashio, la capital del estado del norte de Shan, pero una persona dentro de la estructura sanitaria de Lashio nos ordenó cerrarla el 15 de agosto. Días después de recibir a nuestras y nuestros primeros pacientes, nos vimos obligados a trasladar a seis personas para recibir tratamiento al centro de tratamiento del gobierno militar, a pesar de su preferencia por recibir atención de MSF.

¿Respondimos a tiempo?

Para cuando nuestro primer centro de tratamiento estuvo en funcionamiento a principios de agosto, la COVID-19 devastaba al país. Si hubiéramos estado mejor preparados y más reactivos, ¿podríamos haber respondido antes y haber salvado más vidas? La respuesta es un incómodo sí. 

La variante Delta había abrumado India y Bangladesh en los meses anteriores – dos países que comparten una frontera de 2,000 kilómetros con Myanmar. Su llegada fue inevitable. Pudimos haber usado ese tiempo para prepararnos y equiparnos, y aprender de los desafíos que nuestras y nuestros colegas enfrentaron en India, donde el acceso al oxígeno fue uno de los mayores problemas. 

Cuando golpeó la tercera ola, Myanmar llevaba seis meses en el poder militar. El equipo ya estaba trabajando al máximo para mantener las actividades existentes y llenar los vacíos que quedaban en el sistema de salud pública en apuros, en particular atendiendo a miles de pacientes con VIH del Programa Nacional de SIDA del estado. Para cuando iniciamos nuestra respuesta a mediados de julio, ya estábamos en la retaguardia. 

No siempre lo hicimos bien 

Existía la creencia de que simplemente podíamos poner oxígeno a las personas y salvar vidas. Esta no era la realidad del tratamiento para las y los pacientes con COVID-19. Quienes son hospitalizados con síntomas graves a menudo tienen condiciones subyacentes, que agravan sus síntomas y complican su tratamiento. 

Necesitábamos medicamentos esenciales como insulina y medicamentos cardiovasculares básicos, pero no estaban en nuestro almacén y no pudimos ingresarlos al país debido a los complicados procesos internos y las dificultades para obtener permisos de importación. Teníamos un kit de preparación de emergencia para la COVID-19, pero faltaba lo que esperábamos, como medicamentos  para tratar los coágulos de sangre, y los suministros que se incluían se agotaron rápidamente. 

Comprometidos y listos 

Aunque las limitaciones y los retos internos y externos causaron dificultades, nuestras instalaciones de COVID-19 ahora son mucho más que clínicas en el terreno – son excelentes hospitales que han salvado muchas vidas y salvarán muchas más. 

Solo cerca de 13 millones de personas en Myanmar están completamente vacunadas – alrededor de una cuarta parte de la población. Si otra ola de contagios se propaga, el sistema sanitario público corre el riesgo de saturarse una vez más. Con eso en mente, estamos manteniendo nuestra infraestructura COVID-19 y conservando al personal médico disponible en caso de que se produzca otro brote.

Aunque nuestro suministro de medicamentos esenciales ha mejorado, su importación sigue siendo un problema. Los permisos están actualmente bajo más escrutinio que antes de la toma de control militar, lo que retrasa los envíos. Además, los procesos y políticas internos de MSF para la adquisición local o regional de medicamentos no se han adaptado bien a la crisis global de suministros y, a menudo, obstaculizan las compras de emergencia. 

Hemos aprendido muchas lecciones de los retos a los que nos enfrentamos la primera vez y seguimos comprometidos y listos para responder a los nuevos e inesperados retos que están por venir.