08.12.2017
Es viernes por la tarde en la comunidad de Boitekong en el cinturón de platino de Sudáfrica, al noroeste de Pretoria, la capital, y de Johannesburgo: las calles de tierra están repletas de mineros vestidos con sus overoles multicolor que salieron del trabajo.
 
En los patios y en las esquinas de las calles, los hombres trabajan con televisiones y motores de autos, con sus cervezas en mano para terminar la semana. Un grupo de hombres en un negocio de reparación de autos invita a dos empleadas de MSF a sentarse con ellos un rato. 
 
Son trabajadoras de salud comunitarias (CHW por sus siglas en inglés), que caminan diariamente por estas calles para sensibilizar a la población sobre las potenciales y graves consecuencias médicas de la violencia sexual y explicar que las enfermedades relacionadas pueden prevenirse o reducirse con un acceso oportuno a la atención médica. Las mujeres entregan a los hombres varias tarjetas de información y dos paquetes de condones (uno amarillo y otro rosa, de plátano y fresa respectivamente). 
 
“Cuando una mujer dice que fue violada normalmente no es una verdadera violación,” dice el dueño del patio, un mecánico. “Una mujer puede dormir con un hombre y después decirle ‘págame 5,000 o presentaré un cargo por violación’”. 
 
El intento de este mecánico por hacer ver a los hombres como víctimas es socavado de inmediato cuando sus amigos lanzan silbidos a una mujer que camina por la calle de la mano de su pareja. Su ropa no es particularmente reveladora, pero el mecánico aún así dice, "te digo, en cinco años las mujeres estarán caminando desnudas por las calles". 
 

Una ocurrencia común

 
Las trabajadoras de salud comunitarias ya han escuchado demasiado y se levantan para irse. Los actos de violencia sexual son impresionantemente comunes en las comunidades del cinturón de platino, y por más que se culpe a las víctimas, no cambiará el hecho de que los perpetradores casi siempre son hombres y quienes soportan un terrible sufrimiento como resultado de las violaciones son, en su gran mayoría, las mujeres. Para poner en perspectiva la magnitud de la crisis: en 2015 MSF realizó una encuesta en Rustenburg, en donde se encuentra Boitekong, y se encontró con que una de cada dos mujeres de entre 18 y 49 años habían experimentado alguna forma de violencia sexual y que una de cada cuatro había sido violada. 
 
“Hay mucho enojo y frustración porque las condiciones de vida son difíciles. Muchos hombres y mujeres están viviendo en mkhukhus [chozas de lámina] cerca de las minas”, dice Lydia Ganda, una de las trabajadoras de salud comunitarias. “La estructura de la comunidad tiene carencias en estos lugares porque la mayoría de las personas que viven aquí son migrantes de otras partes de Sudáfrica o de otros países africanos. Vienen para buscar trabajo en las minas pero muchos no lo consiguen, especialmente las mujeres, quienes terminan dependiendo de los hombres para su sobrevivencia económica. Las personas beben mucho, pero naturalmente no puede haber ninguna excusa para una violación”. 
 
Dineo Lekone* fue violada por uno de sus conocidos durante su cumpleaños en septiembre de 2016.  “Había estado bebiendo en Brits con mi novia y algunos de sus amigos. Cuando desapareció, uno de mis amigos se ofreció a llevarme a una gasolinera para comprar tiempo aire para mi celular y así poder llamarla,” recuerda Lekone. 
 
En vez de regresar al club, el amigo de Lekone la llevó a su departamento y ahí amenazó con matarla y arrojar su cuerpo en el río Crocodile a menos que Lekone “lo dejara hacer todo lo que quisiera con ella”. 
 
 

Poca información sobre el apoyo disponible y pocas denuncias

 
De las aproximadamente 11,000 mujeres y niñas que son violadas en Rustenburg y los alrededores cada año, sólo un 5% acude a una instalación médica para reportar el hecho, a pesar de que el VIH y otras enfermedades de transmisión sexual son algunas de las consecuencias de una violación, al igual que la depresión y los embarazos no deseados. Se puede culpar, en parte, al estigma. El mecánico y sus amigos representan una terrible tendencia social a culpar a las víctimas de una violación y la falta de conocimiento sobre el tratamiento disponible agrava el problema: MSF descubrió que 1 de cada 2 mujeres no sabe que se puede prevenir el VIH tras una violación. 
 
Incluso si más mujeres estuvieran al tanto de esta información, es un hecho que los servicios vitales disponibles para los sobrevivientes de violencia sexual son muy escasos. De acuerdo con un informe reciente de MSF, tres cuartos de las instalaciones de salud públicas de Sudáfrica que han sido designadas para brindar servicios a los sobrevivientes de una violación no tienen la capacidad para brindar una atención integral. 
 
Constance Phiri* tuvo problemas para conseguir atención médica tras ser violada en grupo por tres personas que entraron a su hogar en mayo de 2015. La policía la trasladó al Centro de Salud Comunitario más cercano sólo para descubrir que el lugar “no tenía una enfermera forense ni kits para casos de violación”. Phiri tuvo que ser trasladada al hospital Brits, a casi una hora de distancia, y ahí pudo acceder a los servicios médicos y de medicina clínica forense que necesitaba.
 
“Regresé para las asesorías y después de tres sesiones descubrí que me había fortalecido. Muchas mujeres no acuden a una instalación propiamente equipada después de una violación porque no ven ninguna marca en su cuerpo, pero estaría muerta si no fuera por las asesorías que recibí, me hubiera matado. Como mujeres, necesitamos poder acceder a estos servicios y necesitamos usarlos,” comenta. 
 
 

Creando redes de apoyo en las comunidades locales

 
Desde 2015 MSF trabaja para brindar capacitaciones en varias instalaciones públicas designadas en el cinturón de platino, como a los “Centros de Atención Kgomotso”, que brindan un paquete integral de servicios médicos (incluyendo servicios de medicina clínica forense), servicios psicológicos y sociales a los sobrevivientes de violencia sexual. Sin embargo, durante un largo tiempo la cantidad de personas que llegaban a estos centros seguía siendo más baja de lo esperado y, probablemente, el estigma y los bajos niveles de conocimiento sobre el tratamiento eran los culpables. 
 
Para vincular a más personas a esta atención, MSF realiza actividades de sensibilización en las comunidades y examina a personas en diversos contextos. Los trabajadores sanitarios como Ganda trabajan todos los días en asentamientos dentro del cinturón de platino, alertando a la población sobre la importancia de la atención médica para los sobrevivientes de violencia sexual. En noviembre de 2017 se lanzó una campaña de marketing social que tenía como objetivo múltiples audiencias con mensajes sobre la naturaleza y disponibilidad de los servicios ofrecidos por los KCC. MSF ha comenzado a realizar examinaciones en casos de violencia sexual en las estaciones de policía y en organizaciones sociales locales, lugares a los que van los sobrevivientes de violación, y se encarga de vincular a los sobrevivientes de violencia sexual a los servicios que necesitan. 
 
Esta estrategia que tiene como objetivo crear redes de apoyo a lo largo de las comunidades del cinturón de platino parece estar funcionando: las referencias desde las instituciones comunitarias locales están aumentando. La luz se está alejando rápidamente en Boitekong, las trabajadoras de salud comunitarias siguen enfrascándose en conversaciones al mismo tiempo que intentan llegar con su conductor. 
 
“Nos ha llevado dos años, pero ahora realmente somos bienvenidos en este lugar. Muchos más sobrevivientes están escuchando nuestros mensajes y accediendo a la atención médica,” dice Ganda, aunque añade rápidamente que tomará mucho tiempo que la prevalencia de las violaciones comience a disminuir. “Para que suceda ese gran cambio social, los gobiernos, ONG, la sociedad civil, las organizaciones de beneficencia locales y otras estructuras comunitarias tendrán que unirse y colaborar durante un largo periodo de tiempo”, agrega. 
 
 

Sobre la respuesta de MSF ante la violencia sexual

 
Se estima que los 42,496 casos de violación reportados por la policía de Sudáfrica durante 2015 y 2016 corresponden sólo a un 4-11% de la verdadera cifra de violaciones. Un estudio de MSF de 2015 demostró que en el cinturón de platino de Sudáfrica, 1 de cada 4 mujeres es violada en su vida pero sólo 1 de cada 20 se acerca a una institución médica para recibir tratamiento. MSF ha estado trabajando en colaboración con el Departamento de Salud de la Provincia del Noroeste para brindar capacitación a las instalaciones designadas como los Kgomotso Care Centres’ (KCC), para proporcionar un paquete integral de servicios médicos y de medicina clínica forense a los sobrevivientes de violencia sexual.
 
Actualmente MSF apoya al personal de tres KCC –todos enfocados en la atención primaria– para crear un ambiente reconfortante para los sobrevivientes y ofrecerles servicios que cubran sus necesidades, o que tengan la capacidad para referirlos a los servicios de otras dependencias gubernamentales.