17.07.2019
Martha, Achol y William vivían en paz en Malakal, en Sudán del Sur. Pero su vida cambió por completo cuando estalló el conflicto, en 2013. Tuvieron que huir al centro de protección de civiles, donde aún hoy sobreviven en precarias condiciones. Aquí, les ofrecemos tratamiento en nuestro hospital.
 

Martha: “No hay suficiente agua; la comunidad es demasiado grande"

 
Martha* tiene 27 años y es originaria del este del condado de Malakal, en Sudán del Sur. Ha vivido en el campo de Protección de Civiles (POC) de la ONU desde 2014.
 
Ingresó nuestro hospital a finales de marzo de 2019 porque se sentía mal y padecía graves problemas respiratorios. En la sala de urgencias, el personal médico vio que su nivel de oxígeno era muy bajo y diagnosticó que sufría neumonía. Pese a la gravedad de su estado, mejoró después de una semana de tratamiento. 
 
“Nací en Jartum, capital de Sudán, y viví allí un tiempo. Llegamos a Sudán del Sur tras el matrimonio de mi madre con mi padrastro y antes de la declaración de independencia de Sudán del Sur en 2011.
 
En Jartum estudiaba y teníamos un apartamento y estudiaba en Jartum, pero tuvimos que cambiar la vida de allí por otra nueva en Malakal. Al principio, continué estudiando en Malakal para obtener el certificado de secundaria. Cuando a finales de 2013 comenzaron los combates, estaba preparando los exámenes, y me especializaba en economía y comercio.
 
Tras estallar el conflicto, fuimos a la aldea de nuestros antepasados (cerca de Malakal) y permanecimos allí un mes. De ahí volvimos a Malakal, pero decidimos irnos al PoC porque la situación era muy peligrosa. Había muchos disparos. Vi a una mujer atrapada en una casa que estaba ardiendo cerca de la nuestra. Nunca había visto nada así. Fue horrible.
 
En aquellos primeros días en el PoC, no había pozos de agua y era difícil ir al río a buscarla. El complejo estaba lleno de gente, no había alcantarillas y los albergues estaban mal construidos. Ere muy complicado cocinar.
 
En este campo tengo 12 familiares. Entre ellos están mi padre, mi madre, mi madrastra y varios hermanos e hijos. Tengo un hijo de 12 años llamado Samuel y el menor tiene 9 meses. Estoy separada de mi marido.
 
Comparado con cómo era al principio, nuestro refugio actual es mejor, pero sigue siendo precario. Nos enfrentamos a muchos problemas. Uno de ellos es el hambre. Cuando por ejemplos consigues sorgo, no sabes dónde molerlo o puede que no tengas dinero suficiente para ello. Incluso si lo consigues, es probable que no tengas agua para cocerlo. No hay suficiente agua; la comunidad es demasiado grande.
 
Las comunidades se han desintegrado; algunos no saben dónde están ni que ha pasado con sus familiares. Hay quienes tienen aquí a parte de su familia, otros han buscado refugio en Sudán como algunos de mis hermanos, o están dispersos por el país. Es muy difícil contactar con ellos.
 
Si el acuerdo de paz no se cumple puede conllevar a una desintegración mayor y a más problemas. Espero que se mantenga la paz. Me gustaría seguir estudiando”.
 
* El nombre ha sido cambiado
 
 

Achol: "Estos cinco años nos han afectado a todos. Algunos piensan que sería mejor suicidarse"

 
Achol tiene 32 años. Es de Obai, una aldea en la orilla occidental del río Nilo, a una hora al sur de Malakal. A finales de marzo, dio a luz a su séptimo hijo, un niño llamado Timothy John, en nuestro hospital en el campo de Protección de Civiles (PoC).  
 
“Antes del conflicto solíamos ir a la granja y cultivar sorgo. La vida era mucho más fácil. He vivido en el PoC de Malakal los últimos cinco años. Este es el segundo bebé que he dado a luz aquí. La vida es muy difícil para todos, pero especialmente para las mujeres. Hay mucha infelicidad, todos han perdido muchas cosas tras huir de sus hogares. Y ha muerto mucha gente. Algunas personas sufren enfermedades mentales e incluso piensan que sería mejor suicidarse.
 
Solíamos ir al bosque a recoger leña y convertirla en carbón para luego venderla y ganar algo de dinero. Lo hacía incluso estando ya embarazada. Algunas mujeres siguen saliendo cada día. Sin ir más lejos, mi esposo está ahora mismo en el bosque. Otras mujeres venden té, pero por lo demás no hay mucho que hacer. Recibimos poca ayuda alimentaria y el futuro es incierto.
 
El momento más difícil que he vivido es cuando llegué por primera vez al PoC. También fue muy difícil cuando el complejo fue atacado e incendiado en 2016. Perdí mi refugio y todo lo que tenía dentro, ropa incluida. Aquí viven muchas de mis vecinos de Obai, mi aldea natal. Les gustaría regresar si la paz se mantiene y la seguridad lo permite, pero no hay nada claro. Aún tengo miedo y nuestras tierras están ocupadas.
 
Sueño con la paz, que podamos arreglar nuestras vidas. Tal vez mis hijos puedan ir a la escuela. Ahora tengo un bebé recién nacido. Espero que tenga un futuro mejor en un país pacificado. No quiero que sufra como yo lo he hecho”.
 
 

William: "Nadie estaría aquí si no fuera por la guerra"

 
William Akol tiene 46 años. Es de Payindwei, una aldea a una hora en coche de Malakal. Sufre tuberculosis pulmonar. Durante esta entrevista, llevaba tres semanas ingresado en nuestro hospital en el PoC de Malakal. Se ha sometido a tratamiento dos veces en los últimos dos años, pero ambas ocasiones el tratamiento se ha visto interrumpido. Está casado y es padre de dos niños y dos niñas de entre 7 y 14 años. 
 
“Antes de la independencia de Sudán del Sur, era soldado. Después dejé el Ejército y me jubilé. He estado viviendo en la ciudad de Malakal la mayor parte de mi vida.
 
Era un excelente lugar para vivir. Nuestra casa era una choza con techo hecho de hierba seca. Los niños iban a la escuela, la gente cobraba sus salarios. Había un barco que traía muchos productos desde Sudán y Juba a través del río. La gente vendía y compraba en un mercado que tenía mucha vida.
 
Solía ​​levantarme temprano y decirles a mis hijos que fueran a la escuela. Pasaba mucho tiempo con mi red de pesca en el río. Llevaba a casa cualquier pescado que capturase. Si sobraba, lo vendía en el mercado. La gente disfrutaba de la vida, pero la guerra lo ha destruido todo.
 
Recuerdo el día de 2013 en el que estalló el conflicto. Los combates comenzaron alrededor de las 4 de la mañana y continuaron con mucha fuerza durante la hora siguiente. Esperamos hasta la mañana y, cuando cesaron los disparos, huí con mi familia. Fuimos cerca de la base de la ONU. Las personas que huyeron fueron llevadas más tarde a un complejo y luego se construyó el PoC. Desde lejos vi cómo habían quemado mi choza.
 
Llevamos en este campo más de cinco años. Ha sido una vida muy precaria. El centro está saturado; las tiendas están muy cerca unas de otras. Nuestra tienda alberga a ocho personas en dos espacios compartidos, ya que además de mi esposa e hijos otros dos familiares viven con nosotros. Es como una prisión. Nadie estaría aquí si no fuera por la guerra. Las gente se pone nerviosa y pelea por nada.
 
No tengo trabajo y dependo de empleos informales; hoy hay algo que hacer, pero mañana tal vez no haya nada. Salgo poco fuera del complejo. Mis hijos van a la escuela y mi esposa vende productos en el mercado para mantener a la familia.
 
Ahora soy como un niño pequeño y mi esposa es quien saca a la familia adelante. Estoy muy débil, como si no estuviera vivo. Solo puedo tomar zumo y Plumpy Nut [alimento terapéutico enriquecido a base de pasta de cacahuete altamente calórica]. Siento náuseas y vomito cada vez que como algo. He estado enfermo desde diciembre de 2017. Visité otras organizaciones, pero solo MSF podía tratarme. Ahora solo pienso en recuperarme.
 
Para abandonar el PoC, necesitaría que pasaran dos cosas. Si mi salud mejora, intentaría aprovechar la oportunidad. Pero la decisión también depende de que el acuerdo de paz cristalice. Sueño con que mis hijos terminen la escuela y tengan éxito en la vida, para que puedan recordarme en el futuro, pero no sé qué sucederá con ellos. Solo puedo rezar por ellos”.