08.01.2020
Una de las áreas más afectadas por las inundaciones en Sudán del Sur es Ulang, en el noreste del país. La devastación que estamos presenciando allí no tiene precedentes. La gente que vive allí está acostumbrada a las inundaciones, ya que es un fenómeno estacional que ocurre año tras año, pero muchos nos dicen que estas son las peores que han visto en su vida, que no recuerdan haber visto nunca nada que se le pareciese.
 
Mucha gente lo ha perdido todo. Han perdido sus casas, su ganado y sus cosechas. Son personas que antes del desastre ya tenían muy poco, pero que ahora se encuentran en una situación completamente desesperada. Cuando ves sus casas sumergidas bajo un metro y medio de agua, se te cae el alma a los pies. Toda esa gente vive a la intemperie y en unas condiciones terribles.
 
Nuestros equipos de emergencia están ahí cada día, viajan en botes de aldea en aldea. Somos una organización de emergencia y nuestro objetivo tiene que ser llegar hasta donde está la gente. Por muy difícil que sea. Brindamos atención médica a través de clínicas móviles y distribuimos artículos esenciales, como cubiertas de plástico, mantas, ollas, mosquiteras y agua. También hemos puesto en marcha sistemas de tratamiento de agua en dos zonas.
 
Estamos haciendo todo lo posible para trasladar fuera de las áreas afectadas a las personas que necesitan de una atención médica más especializada. Y en lo que respecta a nuestros equipos, la mayor preocupación que tenemos en este momento es el riesgo de que se produzca un brote de cólera. También prevemos un aumento en los casos de diarrea y de malaria. En parte ya se ha producido, porque la gente está teniendo que beber agua contaminada, pero cuando la inundación empiece a bajar y comiencen a quedarse pequeños lagos de agua estancada, los mosquitos empezarán a reproducirse. Y ahí es cuando el número de casos de malaria comenzará a aumentar drásticamente.
 
Muchas zonas han quedado incomunicadas y pueblos enteros están bajo el agua o se han convertido en pantanos. Es muy difícil para la gente desplazarse en estas condiciones. Y tampoco pueden salir de la zona, ya que existe un riesgo real de sufrir ataques de serpientes y de cocodrilos.
 
En mi última visita a Pibor, conocí a una mujer que lo había perdido prácticamente todo. Su casa había quedado destruida, pero aun así estaba empeñada en poder hacer algo para ayudar a los demás. Con los tablones de madera que había conseguido salvar, construyó una especie de canoa improvisada para transportar a los niños que estaban en apuros hasta los pocos lugares en tierra firme que todavía seguían siendo seguros. No sé de dónde sacaba las fuerzas aquella mujer, pero desde luego era un ejemplo de determinación.
 
 
A pesar de que hemos pasado unos cuantos días sin lluvia, no hay señales de que las inundaciones estén retrocediendo. El agua sigue llegando desde Etiopía a través del río Sobat.
 
Incluso cuando el agua retroceda finalmente, la gente seguirá afrontando serias dificultades. Necesitarán nuevos refugios y, con la agricultura golpeada y el ganado perdido, la desnutrición será un riesgo real y continuo. Además, moverse por esta zona de Sudán del Sur ya era un desafío incluso antes de las inundaciones. Es una región remota e inaccesible, con muy pocas carreteras y caminos, así que llevar ayuda a todos aquellos que la necesitan será una misión verdaderamente complicada. Ya lo era antes, pero ahora lo será más.
 
Es desgarrador pensar que, después de los años de conflicto y guerra civil que estas personas ya han vivido, ahora están sufriendo aún más. Resulta difícil no entristecerse.
 
A veces, después de haber salido en las lanchas a buscar gente y llevar ayuda médica, cuando vuelvo a dormir a mi tienda de campaña, donde está seco y tengo comida, me pregunto si hay algo más que podríamos y deberíamos estar haciendo.
 
¿Cómo podemos llegar a más personas? ¿Qué más podemos hacer para ayudarles? Sé que el resto del equipo siente lo mismo. Hacemos lo que podemos, pero las necesidades son tan inmensas que nunca podremos llegar a todo. Somos una gota de agua en mitad del desierto.
 
* Kim Phillips es coordinadora logística de MSF en Sudán del Sur.