27.10.2015
Han huido de Sudán, Siria, Afganistán y Eritrea y ahora viven en Calais, en un lugar conocido como “la selva”. Otros se encuentran en París, en un instituto abandonado. Pauline Busson, coordinadora general de Médicos Sin Fronteras (MSF), describe las condiciones de vida de estos exiliados, mientras tratan de encontrar una manera de llegar a Inglaterra o buscan un futuro en Francia.
 
¿Cómo es el lugar en el que se han asentado los refugiados en Calais? 
 
Todavía parece un campamento de chabolas. Pero las cosas están cambiando rápidamente. El número de refugiados aumenta de forma constante. En la actualidad son cerca de 6.000, en comparación con los 2.500 de marzo, y cada vez vemos a más mujeres y niños. Se instalaron allí de forma totalmente fortuita, por azar.
 
El lugar es completamente inadecuado y carece de servicios. Por algo se llama “la selva”. No se hicieron preparativos para la gestión de residuos, por ejemplo, solo se trajeron cuatro contenedores de basura grandes. La basura se acumuló a lo largo de varias semanas, apilándose hasta formar montañas de podredumbre a lo largo del campamento. Sin embargo ahora se están haciendo algunos progresos. El equipo de logística de MSF asumió la ingente tarea de organizar la recogida de basura.
 
Una camioneta de MSF viene al campo todos los días para recogerla y distribuir bolsas de basura. Cada día se recogen veinte toneladas de residuos, con la ayuda de los servicios de recogida municipales, que se encargan de vaciar los contenedores.
 
¿Cuáles son las principales necesidades?
 
La higiene es un problema. Se necesitan muchos más lavabos y duchas. MSF instaló 45 baños químicos, pero también se necesitan duchas adicionales. Esto significa facilitar una fuente de electricidad para calentar el agua. También habría que instalar fregaderos, porque las piletas son demasiado bajas.
 
La gente debe caminar penosamente sobre el barro y tiene que ponerse en cuclillas para cepillarse los dientes o lavar la ropa.  En términos de necesidades médicas, la clínica que abrió Médicos Del Mundo (en la que trabaja un equipo de MSF) está funcionando sin problemas. En promedio, se llevan a cabo 80 consultas al día.
 
La dermatitis y la sarna son comunes debido a las deficientes condiciones de higiene y a que resulta difícil lavarse. También estamos viendo infecciones de las vías respiratorias superiores ahora que hace más frío. Además, los refugiados sufren esguinces, fracturas y heridas cuando tratan de entrar en los camiones o saltar sobre los trenes que pasan por el túnel bajo el canal.  
 
¿Cómo se organiza la ayuda?  
 
MSF ha estado presente en el campamento desde principios de septiembre. Y hay una gran variedad de actores, tanto profesionales como informales. Se han creado asociaciones a nivel local para abordar el tema migratorio. Una de ellas distribuye comida caliente. También han acudido las asociaciones nacionales de ayuda, junto con muchos voluntarios —franceses, ingleses, anarquistas, hippies y activistas—; algunos de los cuales viven en el campamento.
 
Los residentes de Calais también vienen a echar una mano, sobre todo los fines de semana. Todos traen comida, ropa y varios artículos que se distribuyen de forma gratuita. Estas iniciativas representan un esfuerzo para hacer más soportable la situación en el campamento mientras las autoridades públicas abandonan a los exiliados a su suerte. 
 
¿Es la situación similar en París, donde los exiliados se han refugiado en un instituto en desuso?
 
El instituto Jean Quarré, situado en el distrito 19º de París, constituye un lugar de alojamiento temporal, tolerado por la oficina del alcalde de París. Está sucio y abarrotado, y sus instalaciones de agua y saneamiento son deficientes.  
 
Unas 800 personas, principalmente hombres jóvenes procedentes de Sudán, Afganistán, Eritrea, Somalia, África septentrional y África occidental, viven en el lugar, también en condiciones terribles. Algunos no tienen otro remedio que estar allí, a pesar de que han obtenido el estatuto de refugiados. Están desesperados. Frente a estas condiciones inhumanas, un hombre sudanés de Darfur, que tiene el estatuto de refugiado, me dijo que estaba pensando en regresar al país donde es perseguido.