16.11.2016
“Yo llegué a Uganda debido a la violencia en Sudán del Sur. Mis vecinos fueron sacados de sus hogares, los secuestraron y mutilaron. Otras familias también fueron secuestradas y yo temía que la nuestra iba a ser la siguiente”, cuenta Rose, de 37 años, originaria de la región Ecuatoria de Sudán del Sur. Llegó a Uganda hace aproximadamente un mes con sus cinco hijos.
 
Rose es una de las más de 172,000 personas que han llegado al norte de Uganda en los últimos tres meses huyendo de experiencias traumáticas o amenazas vividas en Sudán del Sur.
 
El gobierno de Uganda asignó un terreno cerca de la ciudad de Yumbe para hospedar a los nuevos refugiados, pero estas “zonas”, que son conocidas como el campo de refugiados de Bidi Bidi, se han llenado rápidamente. El gobierno está abriendo más terrenos y autorizando “zonas” nuevas, pero los encargados de procesar a los recién llegados y de gestionar los servicios para los refugiados están abrumados. Estas personas están viviendo sin refugio alguno o hacinados en pequeños refugios junto a otras familias; y el acceso a agua y comida es una lucha diaria. 
 
Como resultado, muchas personas están enfermando y Médicos Sin Fronteras (MSF), junto  a otras organizaciones humanitarias, ha respondido con una clínica ambulatoria y una clínica móvil dentro del campo. Los expertos de agua y saneamiento de MSF construyeron varias letrinas en el lugar y han aumentado la cantidad de agua distribuida en el campo al proporcionar 66,000 litros de agua diarios y con la construcción de bombas de agua.
 
 

“Asesinatos desenfrenados” en Sudán del Sur

 
El 8 de julio estalló la violencia en Juba, la capital de Sudán del Sur. Aproximadamente un mes después la situación en la ciudad era tranquila (aunque también era tensa), pero el conflicto provocó brotes de violencia en los condados cercanos.
 
Los pacientes de la clínica ambulatoria de MSF en Bidi Bidi han reportado horrorosos casos de violencia que presenciaron hace dos o tres semanas.
 
“Estábamos trabajando en el campo cuando escuchamos disparos. Corrí para alejarme de la ciudad y fui hacia el monte. Mientras corría, una bala alcanzó mi dedo meñique y lo pulverizó. Estaba sangrando mucho, así que utilicé hierbas del monte para vendarlo.
 
“Un día (aproximadamente un mes después), una vecina y yo regresamos furtivamente a la aldea para intentar conseguir comida. Hombres armados vieron a mi vecina. La atacaron y la violaron. Ella gritó e hizo mucho ruido, así que me dio tiempo de entender lo que estaba pasando. Me tiré al piso y me arrastré de regreso al monte.”
 
 “Esa fue la última vez que vi mi hogar”, cuenta Bista Jiairi, de la región Ecuatoria de Sudán del Sur. Llegó a Uganda hace un mes.
 
Algunas personas afirman haber visto a familiares, vecinos y amigos recibir disparos frente a ellos; otros reportan que sus esposos desaparecieron de su trabajo, probablemente tras ser secuestrados por hombres armados.
 
Muchos dicen que no tuvieron tiempo para agarrar sus pertenencias o incluso esperar a que sus familiares regresaran a casa antes de huir, a pie, hacia la seguridad de Uganda. Algunos caminaron hasta por nueve días, escondiéndose de los hombres armados mientras realizaban su viaje.
 
 

Uganda, abrumada

 
Quienes sobreviven el peligroso viaje y llegan a la seguridad de Uganda se encuentran con autobuses que los llevan hacia los centros de recepción en los que son registrados, se les asigna una parcela de tierra, mantas, un mosquitero, herramientas para construir un refugio, utensilios de cocina, raciones de alimentos y garrafas para recolectar agua.
 
Comparada con la bienvenida que muchos refugiados reciben cuando llegan a otros países del mundo, la de Uganda es una bienvenida relativamente cálida. Pero para las autoridades ha sido difícil lidiar con el masivo y súbito flujo de personas que llegan a Uganda; y las condiciones de vida en el campo no son buenas.
 
“Al principio, las condiciones en el campo eran pésimas. Era realmente difícil ver sufrir a las personas que tuvieron que dejar sus vidas en Sudán del Sur y, además, estaban contrayendo enfermedades como el cólera,” afirma Enosh, enfermera y supervisora de la clínica ambulatoria de MSF en el campo de refugiados de Bidi Bidi.
 
Muchos luchan por construir un refugio para ellos mismos y limpiar su parcela de tierra. La distribución de alimentos ha sido caótica y hay largas filas cerca de los tanques de agua mientras las personas esperan la llegada de las pipas de agua.
 
Las malas condiciones de vida y la falta de acceso a agua potable han contribuido a la propagación de enfermedades como la malaria, infecciones respiratorias, infecciones de la piel, diarrea y disentería. MSF también ha identificado algunos casos de cólera.
 
“Aproximadamente el 60% de los pacientes que vemos a diario tienen malaria. Hay muchos mosquitos. A la gente se le asigna una parcela de tierra en el monte y frecuentemente no tienen ningún lugar en el que puedan colgar un mosquitero. Podemos atender a las personas con malaria en la clínica, pero también estamos contemplando la posibilidad de fumigar algunas áreas para terminar con los criaderos de mosquitos,” die Enosh. La clínica ambulatoria atiende entre 70 y 200 personas al día.
 
MSF también está buscando asegurar un suministro permanente de agua potable para las 40,000 personas que viven en la “Zona 2” del campo, mediante la instalación de bombas y pipas de agua en el área.
 
 

Paz, por fin

 
Mientras que el sitio continúa creciendo y miles de personas entran por la frontera cada día, MSF seguirá monitoreando las necesidades médicas, nutricionales y de saneamiento de la población. Por ahora, aunque es claro que las condiciones en el campo deben mejorar y las personas han vivido situaciones muy traumáticas, también están aliviados de haber encontrado algo de paz. Están en un lugar en donde no hay disparos y pueden comenzar sus vidas, aunque sea desde cero.
 
Mary, una mujer refugiada de 37 años que espera ser transferida desde la clínica de MSF a un hospital cercano, dice: “comparado con Sudán del Sur, la vida aquí es bastante buena. En Sudán del Sur todos están muriendo, las casas están siendo incendiadas y la vida es estresante. La vida no es fácil aquí en Uganda, pero me las estoy arreglando. El principal problema ha sido conseguir suficiente comida. Pero finalmente estoy aquí, en un lugar seguro y ahora MSF también está aquí, así que puedo conseguir las medicinas que necesita mi familia.”
 

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