Cada dos minutos muere una mujer por complicaciones relacionadas con el embarazo o el parto

“La mortalidad materna es un reflejo de múltiples factores que amenazan la salud y los derechos de las mujeres, factores que a menudo permanecen en la sombra”.

Fiossona Alida, paciente de la casa de espera de Bignola, sobrevivió gracias a la atención de MSF. Estuvo a punto de morir cuando la derivaron al hospital de Batangafo para una transfusión de sangre. Ahora espera pacientemente el día de su parto, a través del sistema de Bignola.

Los relatos de mujeres en rincones muy alejados del planeta revelan que sus problemas en el parto sin perder la vida son muy similares a pesar de la distancia. Además, son evitables.

Hermina vive en la República Centroafricana (RCA), Murjanatu en el norte de Nigeria y Sabera lleva años en un campo de personas refugiadas para rohingyas en Bangladesh. Las dificultades a las que se han enfrentado por el simple hecho de estar embarazadas las acerca mucho.

“Caminé de las cinco hasta las nueve de la mañana. Tuve que venir sola. Mis padres llegaron al día siguiente. Mi esposo quería acompañarme, pero se le estropeó la bicicleta”, cuenta Hermina Nandode mientras acuna a su bebé, envuelta en una manta de colores. Está en el hospital de Batangafo, en el norte de la RCA, donde algunas mujeres viajan hasta cien kilómetros para recibir atención médica durante el embarazo.

 

Amina Tahila (27), una madre primeriza, se acuesta en la cama con su bebé y un kit gratuito de elementos esenciales para el cuidado posparto (llamado paquete Mamá) proporcionado por MSF para las nuevas madres que dan a luz en el Hospital General Shinkafi.
Amina Tahila, una madre primeriza, se acuesta en la cama con su bebé y un kit gratuito de elementos esenciales para el cuidado posparto proporcionado por MSF para las nuevas madres que dan a luz en el Hospital General Shinkafi. © Nnoli Amarachi[/caption]

 

Los relatos de estas mujeres se asemejan en la distancia, y los diagnósticos del personal que las atiende también. “Las dificultades empiezan con un acceso limitado a la atención obstétrica por falta de centros de salud”, explica Nadine Karenzi, referente médica en Batangafo de Médicos Sin Fronteras (MSF). “Luego está la distancia desde las aldeas a las clínicas, la falta de transporte, la inseguridad y el costo del viaje”. Algunos centros solo abren hasta primera hora de la tarde. Además, la inseguridad a veces impide la presencia de personal cualificado o de los medicamentos esenciales.

En el norte de Nigeria, Murjanatu espera en el Hospital General de Shinkafi, apoyado por MSF, antes de ser trasladada a otro centro para tratar su anemia severa. Retrasó su decisión de buscar atención médica incluso por las revisiones prenatales más básicas. “Si no tienes dinero, ni siquiera puedes ir a consulta. Nadie te atiende si no pagas”. Algunas mujeres de la zona recorren más de 200 kilómetros para acceder a los servicios gratuitos que brinda MSF en Shinkafi.

 

‘Algunos esposos permiten que sus mujeres vayan al hospital, pero otros no’

En Cox’s Bazar, en Bangladesh, Sabera comparte una situación similar. “A veces tenemos que vender cosas de la casa o pedir dinero cuando tenemos una emergencia médica”. A punto de dar a luz a su sexto hijo, también apunta uno de los obstáculos más extendidos: “Algunos esposos permiten que sus mujeres vayan al hospital, pero otros no”.

“Una mujer puede estar sufriendo en casa, incluso sangrando o con una complicación grave, pero no se la dejan ir al hospital sin el permiso del esposo”, explica Patience Otse, partera supervisora de MSF en Shinkafi. “A veces, el esposo ni siquiera está en casa y ella tiene que esperar a que vuelva”.

Raquel Vives, partera y experta en salud sexual y reproductiva de MSF, alerta de que las muertes maternas a menudo pasan desapercibidas, aunque Naciones Unidas advierte de que cada dos minutos muere una mujer por complicaciones relacionadas con el embarazo o el parto. “No son tragedias inevitables: la mayoría podrían prevenirse con atención médica a tiempo”, sostiene. “La clave es que el mayor número posible de mujeres pueda dar a luz en un centro de salud con personal cualificado. Pero en muchos lugares donde trabajamos, los recursos son muy limitados incluso para los partos sin complicaciones. Cualquier recorte de recursos para actividades humanitarias agravará aún más la crisis, y aumentará el riesgo para miles de mujeres y recién nacidos”.

 

Hazera, dió a luz a su noveno hijo. Padece diabetes y desarrolló hipertensión durante el embarazo. Temiendo por su vida, buscó ayuda en el hospital maternoinfantil de MSF en Goyalmara. Tras el tratamiento y la derivación, dio a luz sin contratiempos.
Hazera, dió a luz a su noveno hijo. Padece diabetes y desarrolló hipertensión durante el embarazo. Temiendo por su vida, buscó ayuda en el hospital materno infantil de MSF en Goyalmara. Tras el tratamiento y la derivación, dio a luz sin contratiempos. Bangladesh © Saikat Mojumder[/caption]

 

Muchas de las complicaciones que amenazan la vida de mujeres y niñas embarazadas son prevenibles. Hemorragias, obstrucciones en el parto e infecciones encabezan la lista.

La hipertensión no diagnosticada es una amenaza porque puede derivar en eclampsia, una afección potencialmente mortal. Madina Salittu, partera del Hospital General de Shinkafi, lo explica: “A veces la hipertensión está relacionada con la inseguridad, el miedo y la ansiedad. Muchas mujeres no tienen acceso a cuidados prenatales y nadie controla su presión arterial”. La anemia es otro factor de riesgo:

“De cada 90 mujeres embarazadas que recibimos, puede que unas 70 tengan anemia. Eso aumenta la necesidad de transfusiones”, detalla Patience Otse.

“Una de las causas más significativas y a menudo invisibles de la mortalidad materna es el aborto inseguro. Cuando no es mortal, puede dejar secuelas graves como infertilidad y dolor crónico”, afirma Raquel Vives. “En muchos de nuestros proyectos, tratamos regularmente a mujeres con complicaciones potencialmente mortales tras abortos realizados por ellas mismas o por personas sin formación, en condiciones insalubres. Las leyes restrictivas, el estigma y la falta de acceso a anticonceptivos empujan a las mujeres a procedimientos peligrosos”, añade.

Alida Fiossona espera su tercer hijo en Bignola, una casa de espera creada por MSF junto al hospital de Batangafo para garantizar que las mujeres con embarazos de riesgo reciban atención a tiempo. Más allá de los problemas médicos, Alida señala el peso de algunos estigmas: “Algunos se burlan y marginan a las que venimos aquí. Pero mi salud es más importante, sus opiniones no me importan”. En Nigeria, Otse explica cómo las creencias culturales también ejercen presión: “Si das a luz en casa, te ven como una mujer fuerte. Si vas al hospital, no”.

 

Honorine Dilyo, nunca había dado a luz en un hospital ni por las barreras del idioma y la falta de dinero. Lleva más de un mes en la casa de espera mientras se prepara para dar a luz.
Honorine Dilyo, nunca había dado a luz en un hospital ni por las barreras del idioma y la falta de dinero. Lleva más de un mes en la casa de espera mientras se prepara para dar a luz. © Arlette Bashizi[/caption]

 

El idioma puede ser otro obstáculo. Emmanuelle Bamongo, partera de MSF en el hospital de Batangafo, explica que muchas mujeres evitan acudir a la casa Bignola por miedo a ser ridiculizadas por no hablar sango, la lengua mayoritaria. Es, por ejemplo, el caso de Honorine Dilyo, que está ahora hora en la casa de espera. Será la primera vez que dé a luz en un hospital tras diez embarazos previos, de los cuales solo sobrevivieron seis hijos.

 

‘Quiero volver a casa con mi bebé y con salud’

“No tenemos dinero. Para ir al hospital necesitas ropa para ti y para el bebé, pero no podíamos comprar nada. Y no hablo sango”, cuenta Honorine. Su decisión se vio influida por las complicaciones que sufrió en embarazos anteriores y por el consejo de los agentes de salud comunitaria de MSF en su aldea. “Antes me avergonzaba no tener nada. Pero después de lo que he visto, si vuelvo a quedarme embarazada haré todo lo posible por ir a un hospital. He dejado lo demás de lado porque quiero volver a casa con mi bebé y con salud”.

“Antes de que existiera esta casa de maternidad — recuerda Ruth Mbelkoyo, trabajadora de MSF —, muchas mujeres perdían a sus bebés de camino hacia los centros de salud lejanos. Algunas incluso perdían la vida. Recuerdo a una mujer de Kabo —localidad a 60 kilómetros de Batangafo— que había perdido sus tres primeros embarazos. El cuarto lo tuvo en el hospital y dio a luz con éxito”.

En 2024, los equipos de MSF ayudaron a dar a luz a más de 1,000 madres cada día, 369,000 en total. El 15% de esos partos tuvieron lugar en Nigeria, la República Centroafricana y Bangladesh. Pero el trabajo va mucho más allá de la sala de partos: tratamos de reducir las demoras y barreras que ponen en peligro la vida de las mujeres.

“Utilizamos modelos descentralizados de atención”, explica Patience Otse. “Nuestros equipos no siempre pueden llegar a las mujeres, así que trabajamos con parteras tradicionales que ayudan en los partos y derivan los casos complicados a los centros primarios y al hospital”. Raquel Vives asegura, “Cuando surge una complicación, la rapidez lo es todo. Pero preverla no siempre es posible”.

 

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Hazera, de 38 años, huyó de Myanmar en 2017 y desde entonces vive en los campos de refugiados rohinyá de Cox’s Bazar. © Saikat Mojumder[/caption]

 

“Aquí, MSF cubre muchas necesidades: desde alimentos y medicinas hasta cirugías cuando son necesarias. También proporciona transporte, tanto hacia el hospital como de vuelta a sus comunidades”, explica Madina desde Shinkafi, en Nigeria. Cuando es posible, MSF apoya en sus proyectos puestos de salud periféricos para derivar a mujeres con complicaciones y opera una red de motoristas capaces de desplazarse por terrenos especialmente difíciles.

“También intentamos concientizar sobre la planificación familiar durante las consultas prenatales”, dice Dinatunessa, partera de MSF en el hospital materno-infantil de Goyalmara, en Cox’s Bazar. “Hacemos todo lo posible por explicar los beneficios de espaciar los embarazos y los métodos disponibles para ello, pero algunas mujeres apenas reciben apoyo de sus esposos”.

“La mortalidad materna —reflexiona Vives— es un reflejo de múltiples factores que amenazan la salud y los derechos de las mujeres, factores que a menudo permanecen en la sombra. Más allá del impacto evidente en la sobrevivencia de sus hijos e hijas, cada madre que muere hace que esos mismos riesgos sean aún mayores para la siguiente generación. La desigualdad de género agrava estos peligros: las mujeres suelen carecer de autonomía, recursos o poder de decisión para acceder a una atención segura y a tiempo”.

Después de tres semanas en Bignola y tras un parto asistido, Hermina sonríe. Pero hace un gesto de preocupación. “No sé qué será de ella”, dice en voz baja. “Es una niña”.

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