Los que regresan: ¿cómo recuperarse de las heridas que les dejó la migración? 

Tecún Umán, Guatemala, 2022
El equipo da un acompañamiento a las personas que llegan a la estación de buses de Tecún Umán que se encuentra en la frontera de Guatemala con México. © Esteban Montaño

Tres personas migrnates que no se conocían iban en ruta a San Pedro Sula, Honduras, pero coincidieron en uno de los puntos de atención de Médicos Sin Fronteras en Guatemala. 

Necesitaban una evaluación médica para seguir su viaje de retorno con apoyo de una organización internacional. Sobrevivieron a secuestros, a la vida en la calle y la discriminación, pero con heridas emocionales que no son visibles a primera vista.  

La tristeza de Julia 

Julia* quería estar alerta toda la noche, como si estar despierta fuera determinante para asegurar protección ante cualquier peligro. Se quedó dormida, pero cuando despertó, pasó del temor al alivio. Su hija de dos años seguía en sus brazos, la maleta y la cartera continuaban donde las arrinconó. El techo de la concha acústica del parque central de Tecún Umán fue su salvación esa noche lluviosa.  

A inicios de junio de 2025, llegó a la clínica de MSF para pedir una revisión médica. Tenía 26 años, cinco meses de embarazo y había viajado sola desde el sur de México con el objetivo de volver a San Pedro Sula, Honduras, para reunificarse con su mamá y hermanas.  

Ilustración que acompaña el testimonio de Julia, mujer migrante que nuestros equipos conocieron en Guatemala.
Ilustración que acompaña el testimonio de Julia, mujer migrante que nuestros equipos conocieron en Guatemala. © Ilustración de Ana Villanueva

 

A Julia le parecía haber vivido una eternidad en tan solo dos meses: “La vida de nosotros era un techo de lámina”, cuenta, desde Guatemala. Cansados de ganar para apenas sobrevivir, su pareja, un albañil de profesión, le sugirió viajar a Estados Unidos para generar lo necesario y construirse una casa en Honduras. Julia nunca había salido del país; no se imaginaba la travesía que le esperaba. En un albergue al sur de México su pareja “se hizo de un amigo y se fue”. El hombre desapareció y la dejó sin dinero para poder volver a San Pedro Sula.   

“A veces comemos y a veces no. Nos aguantamos, no tenemos ni dinero”, decía con resignación.  Sin opciones de trabajo, sin saber leer ni escribir, sin opciones para regresar de forma segura a su país, a Julia no le quedó más que esperar la caridad de las personas. La sonrisa con la que trataba de ocultar su dolor se transformaba en expresiones de dolor al pensar en lo que había vivido. “Yo, a veces, agarro fuerza por mi hija, porque sé que ella me necesita; pero a veces se me hace duro”, decía mientras trataba de contener las lágrimas. A Julia le parecía que su hija podía entender su dolor. “Tengo que agarrar ánimos por mi hija, porque cuando ella me mira triste se pone a llorar también”. 

 

El secuestro de Juan 

“Vengo de México, mi nombre es Juan* y fui secuestrado en Reynosa, Tamaulipas, durante 17 días”, así resume Juan uno de los eventos más traumáticos de su vida. Tiene la clavícula desfasada y sufre terribles dolores. Antes se dedicaba a pintar vehículos en un taller automotriz, también fue carnicero, pero las consecuencias de la violencia ya no le permiten hacer las actividades que hacía para ganarse la vida. Después de vivir en México por un año, luego del fallido intento por ingresar a Estados Unidos para cumplir el sueño de reunirse con sus hijos, ha decidido regresar a Honduras.  

Ilustración que acompaña el testimonio de Juan, un hombre migrante que se acercó al equipo de Médicos Sin Fronteras en Honduras.
Ilustración que acompaña el testimonio de Juan, un hombre migrante que se acercó al equipo de Médicos Sin Fronteras en Honduras. © Ilustración de Ana Villanueva

 

Sus hijos ingresaron a Estados Unidos hace ocho años y fueron ellos quienes se sumaron a reunir el dinero para su rescate.  “Nos bajaron del autobús en Reynosa. Íbamos todos revueltos, venezolanos y hondureños. Nos tomaron una fotografía y dijeron ‘para que estén seguros en este país’, pero era un secuestro”, cuenta. Les pidieron $2,500 dólares, pero su familia no pudo completar la suma.  

“Al ver que mi familia no reaccionaba me agarraron a cachetadas, de ahí me dieron un batazo dañando mi clavícula”.  Juan carga en la mirada el peso de la vida.  

“Les dije que soy de Honduras y me respondieron ‘ah pues mejor, porque ellos sí pagan’. Venezuela, pues es más sufrido, porque les piden $6,000 dólares y ellos no traían dinero”. Amplias zonas de la ruta migratoria en México son dominadas por el crimen organizado y miles de personas han sido víctimas de ese sistema. “A uno le cortaron los dedos”, recuerda Juan. Su familia consiguió $2,000 dólares y fue liberado sin ninguna pertenencia. Después de lograr salir con vida, viajó a Matamoros, donde recibió apoyo en un albergue y asistencia médica con Médicos sin Fronteras.  

A sus hijos les ha dicho que aprendan inglés, para que el día que los deporten puedan tener una habilidad que les permita conseguir un empleo. A Juan no le queda más opciones que tratar de reconstruir su vida desde cero en su país natal.  

 

Regresar, después de 10 meses  

Luis*, su esposa y su hija de año y medio salieron de San Pedro Sula en agosto de 2024. Diez meses después iban de retorno, de forma voluntaria, en una situación precaria. Cuando salieron de su país llevaban un fondo que, según habían previsto, podría alcanzarles para costear el viaje para entrar a México y dar el seguimiento a la cita en la aplicación CBP One.  

Ilustración que muestra a Luis, un hombre migrante que conoció a nuestro equipo en Guatemala.
Ilustración que muestra a Luis, un hombre migrante que conoció a nuestro equipo en Guatemala. ©Ana Villanueva.

 

El gobierno de Donald Trump eliminó esta opción el primer día de su mandato, por lo que miles de personas perdieron la posibilidad de solicitar asilo de la noche a la mañana. A Luis le pesa recordar todo lo que vivió en el trayecto, pero tampoco es fácil olvidar. Tiene claro el momento en el que el hombre que conducía la balsa sobre el río Suchiate, entre Guatemala y México, le pidió 500 quetzales (64 dólares) por llevar a cada integrante de la familia.  

El precio normal para los locales es de 20 quetzales. En ese momento supo que lo que se avecinaba dependía mucho del dinero que llevaba en la bolsa o el que podía conseguir.  

“Cuando llegamos a Ciudad Hidalgo no nos querían dejar pasar, porque hay que pagarles a las mafias para poder salir de ahí. Ahora voy endeudado, porque tuve que pedir dinero prestado a muchas personas para avanzar hacia la frontera con Estados Unidos y ahora también para regresar a mi país”, cuenta Luis.  

Durante su estadía en México, Luis recuerda que los migrantes eran vistos como mercancía. Supo de niños y adolescentes secuestrados cuando iban a comprar a la tienda, con el propósito de exigir recompensa para su liberación. También sufrió discriminación y malos tratos cuando trabajó en una fábrica de alimentos. Vio a madres llorar por sus hijos desaparecidos y tuvo que mantenerse callado para evitar el riesgo para su familia.  

“Nunca había experimentado estar así, con ese pensamiento de que le puede pasar algo a mi familia.  Los secuestros y las matanzas están ahí.  Recuerdo que vi en las noticias que un mexicano fue encarcelado porque mató a varios migrantes. Él dijo directamente en la televisión que los mataba porque quería. Si yo me hubiera topado con ese hombre, al primero que hubiera matado habría sido a mí porque yo habría defendido a mi esposa y a mi hija”, expone Luis.
 

El trabajo de Médicos Sin Fronteras en Guatemala

Desde MSF ofrecemos atención psicológica en todos nuestros proyectos de atención a población migrante y mantenemos un apoyo especializado para sobrevivientes de tortura y violencia extrema en un Centro de Atención Integral en Ciudad de México. Durante los tres años y siete meses que duraron nuestras operaciones en Guatemala, realizamos 3,621 consultas de salud mental.

“Cuando alguien regresa a su país tras vivir en el extranjero, puede empezar a notar señales de que algo emocional no anda bien”, cuenta la psicóloga Pamela Ruiz del equipo de salud mental en Guatemala. “Sentir culpa o vergüenza por ‘no haber logrado lo que esperaba’, ansiedad constante o nerviosismo difícil de controlar, tristeza que no mejora, insomnio o fatiga que parecen no tener causa física”, son algunas manifestaciones a las que se les debe poner atención.

 

En MSF cerramos nuestros proyecto de migración en Guatemala en junio 2025 debido a la reducción del flujo de personas que viajan hacia Estados Unidos. Durante el primer semestre del año atendimos a personas en retorno y actualmente hay otras entidades que pueden atender el número reducido de personas que atraviesan la frontera. Como organización médico-humanitaria continuamos con el monitoreo de la migración en toda la región.  

*Los nombres fueron cambiados para proteger la identidad de las personas que ofrecieron su testimonio.  

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