Tratar la malaria infantil en Chad

Gaylord Delobre es médico generalista. Está de regreso después de tres meses de misión en Moissala, en el sur de Chad, en plena temporada de malaria. En este artículo nos cuenta la atmósfera que reina en la unidad de malaria dirigida por MSF en el hospital de Moissala, un pequeño hormiguero donde todo el mundo se pone en marcha para curar y salvar a los niños afectados de malaria severa.

Gaylord Delobre es médico generalista. Está de regreso después de tres meses de misión en Moissala, en el sur de Chad, en plena temporada de malaria. En este artículo nos cuenta la atmósfera que reina en la unidad de malaria dirigida por MSF en el hospital de Moissala, un pequeño hormiguero donde todo el mundo se pone en marcha para curar y salvar a los niños afectados de malaria severa.

Todos los niños que entran a la unidad no están forzosamente en coma. ¡Algunos están conscientes y lloran! Sobre todo durante las admisiones, cuando ven personas que se afanan a su alrededor, que les pinchan la punta del dedo para obtener una gota de sangre a fin de medir el índice de azúcar o de hemoglobina, que toman algunos minutos para tratar de ponerles una intravenosa -y esto no es fácil en los lactantes. Pues sí, les pinchamos, los niños se sienten agredidos, a menudo están muy asustados y lloran. ¡Es una situación de estrés para ellos!

A veces hay que intentarlo varias veces para poder examinarlos, para que estén calmados. Así que sí, hay mucho ruido. Las madres que hablan entre ellas, que bromean o se increpan a veces, hay enfermeras que empujan los carros, hay ruidos de preparación de las perfusiones, los higienistas que vienen a limpiar y que levantan las sillas y las mesas, los ventiladores que giran, el generador que permite alimentar el edificio con electricidad, los extractores que hacen ruido, el oxígeno que llega al extremo de la tubería. ¡Es un lugar que rebosa actividad!

Estamos en pleno período de epidemia, hay muchos casos en el distrito y en la unidad recibimos los casos más graves. Hay dos formas de malaria: simple o severa. La principal forma severa es la neurológica, es decir que el niño puede tener alteraciones de la consciencia, caer en coma o tener convulsiones debidas al parásito. La otra forma severa que encontramos es la malaria anémica: el parásito se desarrolla en los glóbulos rojos, lo que provoca un déficit de oxígeno y por lo tanto, síntomas de dificultad respiratoria y taquicardia.

El niño que llega a la unidad de malaria de Moissala es por lo general derivado desde un centro de salud periférico apoyado por MSF. Muchas veces llega con su madre, ambos transportados en moto (¡a menudo, esto también es épico!). En principio, es una enfermera quien le toma los primeros parámetros -temperatura, peso, altura- y ve si está desnutrido o no. También le hacemos una glucemia, controlamos su índice de hemoglobina. La primera dosis de tratamiento contra la malaria se administra por vía intravenosa al momento de la admisión. Luego se lleva al niño a cuidados intensivos donde se le puede suministrar oxígeno, una transfusión o una perfusión.

Depende de los casos, pero generalmente los niños permanecen muchas veces cerca de 48 horas en cuidados intensivos. El tiempo necesario para que cesen las convulsiones, el estado de consciencia mejore, el niño se recupere y ya no haya necesidad de perfusión ni de tratamiento intravenoso. Al cabo de esos dos o tres días, cuando el niño está mejor, se lo transfiere a una cama “de salida”, es decir post-intensiva, donde podemos observar cómo el niño responde al tratamiento por vía oral, si lo tolera bien. Cuando estamos seguros de que el niño toma bien su medicamento, él puede volver a casa para continuar el tratamiento en su domicilio. Si pensamos que eso será difícil porque la mamá tiene dificultad para comprender las consignas, vamos a cuidar al niño hasta que esté curado.

En todo caso puede haber muertes, o bien niños que tienen secuelas neurológicas: un niño que llega caminando, ya no puede andar más; uno que llega hablando, ya no puede hablar más; uno que llega alimentándose solo y que ya no lo puede hacer. Pero, por suerte, recuperamos a la mayoría de los pequeños pacientes, y los podemos curar.

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