27.03.2018

Saschveen regresó hace poco de una misión con Médicos Sin Fronteras (MSF) en Nduta, Tanzania, donde ha estado proporcionando atención médica vital a los numerosos refugiados burundeses que se encuentran allí.

Una de las cosas que más me impresionó cuando llegué a este trabajar en este proyecto fue la cantidad de casos de malaria. Llegué justo después de que terminara la temporada de lluvias, así que esperaba que para ese entonces comenzarán a disminuir los casos. Sin embargo, este año hubo otro brote de malaria despúes del pico habitual.

Estaba preparada para ver muchos casos severos de malaria,  conocía los protocolos de emergencia para gestionar los casos gracias a mi entrenamiento previo y la lectura que hice de todas las guías clínicas de MSF. Fue abrumador ver cuántas personas admitimos en los departamentos, ver que el área para pacientes ambulatorios estaba totalmente sobrepasada con pacientes con fiebres de malaria, y ser testigo de cómo nuestros compañeros burundeses sucumbían ante la enfermedad.

 

Lamentablemente, los peores casos de malaria siempre se presentan en niños. Nuestro departamento de cuidados intensivos pediátricos estaba lleno de niños con casos tan complicados de malaria que los pequeños presentaban convulsiones, sangre en la orina, y requerían transfusiones sanguíneas y cuidados intensivos de emergencia.

Incluso si sobreviven gracias al tratamiento, los pacientes con los casos más graves de malaria normalmente presentan efectos secundarios a largo plazo que los pueden afectar toda su vida. Entre estos efectos se encuentran el daño cerebral y el daño a órganos vitales; para mí fue muy difícil ver a los niños en ese estado.

La malaria es una enfemedad terrible que está ampliamente extendida en todo el mundo. En 2015, aproximadamente 3.2 mil millones de personas (casi la mitad de la población mundial) corría el riesgo de contraer malaria; alrededor de 400,000 personas mueren de malaria anualmente, el 90% de esas muertes ocurren en el África Subsaharia y el 70% son muertes infantiles (Fuente: OMS).

En nuestro proyecto es una de las enfermedades más comunes que atendemos y una de las más difíciles de prevenir, pues para hacerlo se necesita una combinación de políticas de salud pública como educación en salud, control vectorial, distribución de mosquiteros y diágnostico y tratamiento oportuno. 

 

Cuando regresaba a la casa de MSF me sentía muy afortunada de poder tomar mis pastillas antimalaria todos los días y ser capaz de dormir de forma segura bajo la protección de un mosquitero, un artículo al que los refugiados no siempre tienen acceso. La malaria atrapa a las personas en un injusto ciclo de sufrimiento y enfermedad.

Se necesitan grandes esfuerzos para garantizar que las personas tengan acceso a mensajes de promoción de la salud, medidas adecuadas para contener a los insectos y mosquiteros. Pero estas intervenciones son costosas y difíciles de mantener durante una crisis.

No hay una solución única y rápida: es necesario que los mosquiteros se distribuyan constantemente porque se dañan con el tiempo; actualmente muchas familias viven en tiendas de campaña y no tienen acceso a ellos.

Por el momento, unos meses después del brote, los casos han disminuido temporalmente. Ahora se acerca rápidamente otra temporada de lluvias y estamos preparándonos para las próximas afluencias de casos de malaria que llegarán a nuestro pequeño hospital.