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02.02.2021

“Nadie quiere ser refugiado; la vida que tenemos aquí no es fácil ”, dice Faruk, un refugiado rohingya que vive en un campo en Cox’s Bazar, Bangladesh. “Vivimos en una prisión abierta. La vida de un refugiado es infernal y todos los días son iguales. No puedo viajar fuera del área de los campamentos porque necesitamos una autorización especial para salir, y solo se otorga en circunstancias especiales, como para recibir atención médica o por alguna emergencia. A veces me muerdo para ver si puedo sentir algo, he intentado suicidarme”, añade.

Para la población de refugiados y refugiadas rohingya en Cox’s Bazar, el vivir en campos sobrepoblados durante los últimos tres años, sin esperanzas para el futuro y sin estatus legal, ha afectado su salud mental. La pandemia de COVID-19 agregó aún más restricciones y estrés a su vida. Mirando más allá de la pandemia, la vida en los campos no muestra señales de mejorar, y los esfuerzos para reubicar a algunas de estas personas refugiadas para abordar el hacinamiento, ha agregado inquietud en su vida.

Los rumores de las reubicaciones a Bhasan Char, una masa de sedimento que ha formado una ‘isla’ a 30 kilómetros del continente, se remontan a 2015, pero se hicieron realidad en diciembre de 2020. Antes de eso, en mayo de ese mismo año, alrededor de 300 refugiados y refugiadas rohingya que habían sido rescatadas en el mar fueron trasladadas a la isla para entrar en cuarentena como resultado de la pandemia de COVID-19. Nunca se fueron y se sabe poco sobre las condiciones que han enfrentado durante su detención.

A principios de diciembre, se les unieron 1,600 personas más de los campos de Cox’s Bazar. Hasta la fecha, se estima que más de 3,000 personas han sido reubicadas en Bhasan Char. Es probable que pronto más rohingyas se enfrenten a la reubicación. Las autoridades afirman que la isla tiene una capacidad estimada para albergar a 100,000 personas. Las organizaciones humanitarias independientes, incluida la ONU, aún tienen que acceder al sitio, lo que aumenta las preocupaciones crecientes sobre las condiciones allí.

Recientemente, se produjo un incendio en el campo de refugiados registrados de Nayapara que destruyó alrededor de 550 refugios donde los informes de noticias estimaron que se alojaban alrededor de 3,500 personas refugiadas. Aunque no hubo víctimas, y solo unas pocas personas con heridas leves, para quienes viven en el campo, la interrupción de su vida diaria ha sido enorme.

Antes de esto, los servicios en los campos, incluida la atención médica y la distribución de alimentos y agua, proporcionados principalmente por organizaciones humanitarias, se redujeron en un 80 por ciento para ayudar a reducir los movimientos para contrarrestar la propagación de la COVID-19. El creciente impacto tras muchos meses de esta reducción del apoyo humanitario, especialmente en una comunidad que está cada vez más contenida, restringida y en una posición en la que dependen de la asistencia humanitaria, ha hecho que la lucha diaria para satisfacer incluso las necesidades básicas aumente las tensiones.

Todos estos factores se han sumado al estrés de salud mental que enfrentan las y los refugiados rohingya en Bangladesh, haciendo que sus vidas sean más duras. Esta tensión se ha convertido recientemente en violencia.

Asiya* parece nerviosa cuando llega al hospital de MSF en Kutupalong. Necesita hablar con alguien sobre lo que experimentó en octubre durante un enfrentamiento de 12 días entre dos grupos rohingya en los campos. Con voz temblorosa, describe la violencia que presenció. “Me escondía en la cocina con mis hijos para que nadie pudiera atacarnos”, dice. “Cuando estalló la violencia en los campos no había hombres en casa. Oímos los disparos y nos quedamos en silencio, cerrando todas las puertas. Estábamos asustados y conmocionados“.

Después de la violencia, muchos refugiados y sus familiares abandonaron sus refugios y se trasladaron a otras partes del campo que no se vieron afectadas por los enfrentamientos. Nuestro equipo habló con personas traumatizadas que incluso tenían miedo de visitar hospitales, puestos de salud o clínicas para recibir atención médica básica.

Kathy Lostos, directora de actividades de salud mental de MSF, dice que a pesar de las recientes escaladas, la situación no es desesperada, hay medidas que se pueden tomar para mejorar la situación de quienes viven en los campos y, a su vez, su salud mental. “Lo mejor para mejorar los resultados de salud mental es restaurar la sensación de seguridad”, dice ella. “Tener cierto grado de control o autonomía sobre el futuro de uno es un factor determinante para crear una sensación de seguridad. Esto incluye cosas como incluir a las comunidades en los procesos de toma de decisiones o crear un sentido de autonomía y control sobre el futuro de uno. Esto sirve para mitigar los efectos a largo plazo del trauma“.

“Cuando el futuro de un grupo es incierto y cuando una población no está integrada en una sociedad, esto crea una sensación de inseguridad”, dice Lostos. “Sentir que su vida está amenazada puede llevar a la impotencia, a creer que ‘nada de lo que haga importará’, y esto puede tener un gran impacto en el bienestar mental de las personas”.

Lajiu*, una voluntaria en el hospital de Kutupalong, se enfrentó la violencia mientras se encontraba en una escuela con su familia y sus padres. “Dejamos nuestras casas y nos refugiamos en las instalaciones de una escuela dentro del campo, y estuvimos fuera de nuestra casa durante casi 20 días”, dice.

Mientras habla, Laiju sostiene un papel en sus manos y lo enrolla una y otra vez. Nuestro personal de salud mental pudo ver que estaba haciendo poco contacto visual y posiblemente tratando de controlar sus emociones manteniéndose ocupada. “Estoy tensa y realmente frustrada, pensando en el futuro”, dice. “Empecé a pensar, en cierto modo, que no tenemos futuro ni esperanzas. Simplemente estamos atrapados aquí, y las restricciones de movimiento y la imposibilidad de conseguir trabajo nos hacen la vida mucho más difícil“.

Pero a pesar de los crecientes desafíos, todavía hay esperanza dentro de los campos. “Tengo muchos sueños”, dice Faruk. “Quiero visitar y explorar otros lugares. Quiero ir a mi casa en Arakan (estado de Rakhine, Myanmar), siempre que tengamos justicia y derechos ”.
  

Dentro de los campos en Cox’s Bazar, MSF realiza actividades de salud mental desde 2009. Allí, nuestros equipos brindan apoyo a través de sesiones de asesoramiento individual, familiar y grupal, donde los especialistas en salud mental se enfocan en los mecanismos de afrontamiento y la construcción de resiliencia. La presión sobre los refugiados y refugiadas rohingya está representada en el creciente número de servicios de salud mental que proporcionó el personal de MSF en Cox’s Bazar durante el último año, y las cifras de MSF muestran un aumento estimado del 61% en el número de personas que buscan servicios de salud mental en comparación con el año anterior. Estas cifras muestran un aumento estimado del 74% para las consultas grupales de salud mental y un aumento del 51% en las consultas individuales de salud mental en 2020. De enero a diciembre de 2020, el personal de MSF brindó 36,027 consultas grupales de salud mental y 32,336 consultas individuales. Mientras que en 2019, el equipo realizó 20,724 consultas grupales y 21,297 individuales durante el mismo período de tiempo.
 
* Los nombres de los y las pacientes se han cambiado a petición suya por cuestiones de seguridad.