18.07.2017
Nuestra compañera Heather Gottlieb es ginecobstetra y trabaja con Médicos Sin Fronteras en Nigeria. En este texto, nos describe un día común de trabajo. 
 
“Como decimos en Jahun, espera lo inesperado.
 
Fue una mañana ocupada, como de costumbre. Para los pacientes que vienen desde pueblos remotos es difícil viajar durante la noche, así que muchos tienen que esperar hasta que salga el sol para comenzar su viaje hacia el hospital. 
 
Estaba terminando de examinar a las pacientes en la sala de espera de nuestra maternidad cuando una paciente llegó en silla de ruedas, acompañada de sus familiares. Era una mujer joven, embarazada y semiconsciente. Le hice señas a su familia y la trasladamos de la silla de ruedas a la cama del hospital. Miré a mi alrededor, buscando a una partera que pudiera ayudarme con la traducción. ¿Jujuga?, pregunté tan pronto como examiné a la paciente. Sus familiares asintieron. 
 
 
Jujuga significa convulsión o eclampsia en el idioma Hausa. Eclampsia es una palabra que proviene del griego eklapsis, que significa relámpago o destello repentino. Es una condición que puede presentarse durante el embarazo y provoca convulsiones debido a una alta presión sanguínea. Me gustaría poder decir que esta fue la parte inesperada de mi día, pues en mis casi ocho años de prácticas y trabajo en Canadá, nunca vi un caso de eclampsia. Pero en Jahun atendemos a más de 5 pacientes con esta condición diariamente. 
 
La partera y yo platicamos con la familia y obtuvimos la historia de la paciente. Tenía 16 años y este era su primer embarazo. No tuvo cuidados prenatales y sufrió tres convulsiones en su casa y una en su camino hacia el hospital. Venía de una aldea a una hora de camino, pero no pudo llegar antes al hospital porque su marido no estaba con ella. Cuando la examinamos se puso más alerta pero estaba confundida; su presión arterial era muy elevada, respiraba normalmente y al hacerle el ultrasonido vimos a un bebé de unos 8 meses. Hicimos un plan para evitar futuras convulsiones, así que bajamos su presión sanguínea y realizamos el último tratamiento posible: aceleramos el parto del bebé para que fuera dentro de las siguientes 12 horas. 
 
 
Después de eso fui llamada a la sala de partos. Acababa de llegar una paciente de 38 años que, en su historia médica, mencionó haber dado a luz a 8 hijos en su hogar, de los cuales sobrevivieron 7. Esa misma mañana había dado a luz a una bebé, pequeña pero sana, en su hogar. Eventualmente fue al hospital, pues la placenta aún no había salido de su cuerpo. 
 
La partera notó astutamente que el vientre de la mujer aún se veía grande y sospechó que tal vez aún tenía a un bebé dentro de ella. Hice un ultrasonido a la mujer, y no vi uno, ¡vi dos bebés aún adentro! ¡Sorpresa! Tuvo trillizos. Le ayudé a dar a luz a sus otros dos bebés, otras dos pequeñas de buen tamaño, y las llevé junto con su hermana mayor. Los trillizos no son comunes, y que nazcan por parto natural en vez de cesárea es algo que no ves todos los días. 
 
 
En la tarde, cuando realicé mi última ronda de pacientes antes de regresar a la base, examiné a la joven con eclampsia. Estaba alerta, su presión sanguínea estaba bajo control y no había presentado ninguna otra convulsión. Se encontraba a punto de dar a luz. Cuando la vi a la mañana siguiente, estaba amamantando orgullosamente a su bebé. 
 
A veces es difícil trabajar en un contexto como el del norte de Nigeria, en donde las carencias en atención materna y durante el parto son demasiado comunes. Y al mismo tiempo, motiva ver cómo la atención obstétrica de emergencia puede acercarnos poco a poco a alcanzar nuestra meta: que la madre y su bebé estén sanos. Todo buen resultado es una victoria.