25N México: Una gran sala de espera para las mujeres en busca de un futuro mejor

MSF responde a la emergencia migratoria en México
Miles de mujeres migrantes llegan a la Ciudad de México, huyendo de un sistema que les falló. Viajan con sus criaturas o sus parejas. Otras, viajan solas o con grupos de amigas que hicieron durante el camino. ©Yesika Ocampo/MSF

Por Jochi, promotora de salud de Médicos Sin Fronteras en México

 

Tal vez miré hacia atrás por curiosidad.
Pero además de curiosidad pude tener otras razones.
Miré hacia atrás porque me dio tristeza la escudilla de plata.
Por distracción: amarrándome el cordón de la sandalia.
Para no mirar más la nuca justa
de mi marido, Lot.
Por la seguridad repentina de que si yo muriera,
él no se detendría.
Por la desobediencia natural de los humildes,
Escuchando cómo nos perseguían.
Conmovida por el silencio, pensando que Dios cambiaría de idea.

 

LA MUJER DE LOT, Wislawa-Szymborska

 

¿Dónde está la mamá de este niño? Pregunta una voz indignada. A unos cuantos metros de distancia de nuestra mesa, la mamá de ese niño contempla impávida el movimiento de la Terminal Central de Autobuses del Norte, uno de los puntos de Médicos Sin Fronteras (MSF) en la Ciudad de México, donde desde hace un mes atendemos la creciente emergencia migratoria.

La mamá tiene 24 años y, hasta el momento, ha cruzado más de siete fronteras. Ahora la estación de autobuses se ha convertido  sin tener condiciones, en el único espacio de albergue para ella y su niño de 2 años, quien corretea contento entre las salas de espera; su mirada perdida y las señas en su piel delatan algunos detalles sobre este recorrido de destino incierto.

MSF Responde a la crisis migratoria en México
©Jochi/MSF

 

Miles de mujeres migrantes llegan a la Ciudad de México, huyendo de un sistema que les falló. Viajan con sus criaturas o sus parejas. Otras, viajan solas o con grupos de amigas que hicieron durante el camino. Algunas viajan determinadas y saben hacia dónde desean llegar. Otras han dejado la voluntad atrás y esperan a que alguna señal dicte su rumbo. En ciertos casos, hay desacuerdos con sus compañeros de viaje, cuando ellas prefieren quedarse o regresar a casa, y también cuando quieren seguir porque en sus propias palabras: Una no deja su casa para volver. Si una empieza este viaje es porque quiere una vida diferente”. 

México es un país violento y feminicida. Vivimos ante la posibilidad latente de no volver a casa. Luchamos para no dejar en silencio las voces de las que ya no están. Esta realidad es un hecho para las mujeres migrantes, no era diferente en sus países ni lo será en este. En México, su estado máximo de vulnerabilización las coloca en la mira de todas las violencias, incluyendo la violencia de origen, la que las expulsó de su propio país. Ellas huyen de sus agresores, de la violencia del estado, de la injusticia climática y económica, de la desigualdad. Ellas, al igual que lo haría cualquier persona buscan un rincón de mundo para vivir dignamente.

En un rincón de la terminal, un grupo de mujeres comen pan con jamón entre los asientos de una sala de espera, es evidente han sido expulsadas de Estados Unidos; aún llevan el uniforme gris de las cárceles migratorias estadounidenses. Sus opciones son limitadas, una de ellas es tomar el tren, La Bestia, pero viajan con niñas y el alto riesgo las hace dudar. Ellas quieren intentarlo nuevamente. Quizás esta vez topan con suerte y su sueño de cruzar la frontera se hace real.

La mayor de ellas me cuenta sus preocupaciones: no encontrarse con su familia para la Navidad, quedarse varadas en esa terminal, un espacio frío que se ha transformado en algo similar al encuentro de dos ríos, dos caminos, del norte y del sur que están en su búsqueda desesperada por un futuro mejor. La terminal se ha convertido en una gran y hostil sala de espera, un golpe de realidad para quienes están o estuvieron a punto de alcanzar su objetivo.

Durante este mes de trabajo, medios de comunicación, transeúntes y personas se acercan en busca de información para consultar cifras, datos generales sobre la emergencia. Sin embargo, durante el día a día, a nosotras nos atraviesan otras preguntas, el vínculo se gesta desde un lugar diferente, reconocemos necesidades más profundas; las emergencias traen a la superficie aquello que no vemos o que nos negamos a ver, se da un efecto espejo que nos confronta con la cruenta realidad a la que somete esta gran estructura de violencia e impunidad. Más allá de las estadísticas, nuestro trabajo nos conduce a cuestiones tan básicas como las necesidades no resueltas de las mujeres con las que nos topamos: ¿Cuántos días llevás sin comer? ¿Hace cuánto estás durmiendo en el suelo de esta estación? ¿Cómo te sentís? ¿Tenés frío? ¿Tenés dolor?

A finales de 2018, durante una de las primeras caravanas migrantes venía Rosa*, una mujer de 36 años que viajaba junto a sus dos hijos pequeños, uno de ellos aun siendo amamantado. Rosa, estoica, no mostraba expresión alguna. Y entonces nos dijo: “No siento nada. A estas alturas ya no hay lugar para sentir alegría ni tristeza, solo me queda avanzar, seguir caminando. Si en el camino pasa algo, que pase y si logramos avanzar, pues enhorabuena”.

Al igual que ellas, las mujeres en la ruta, a nosotras que atendemos la emergencia, nos toca hacer de tripas corazón. Toca comprender que nuestro trabajo es parte de una labor más grande y compleja inscrita en la transformación de un mundo digno y justo para las mujeres. Nuestro trabajo es otra forma de sostenernos, entre nosotras, juntas, como lo hemos hecho siempre. 

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