“He conocido a la gente que la UE ha decidido no recibir ni proteger”

Una joven palestina, un niño pakistaní y un hombre sirio mayor de edad. El Dr. Conor Kenny, en colaboración con Ifigenia Anastasiadi y Elisa Compagnone, describe la evacuación de Idomeni y su experiencia atendiendo refugiados y migrantes en Grecia tras el acuerdo entre la UE y Turquía.

El Dr. Conor Kenny, en colaboración con Ifigenia Anastasiadi y Elisa Compagnone, describe la evacuación de Idomeni y su experiencia atendiendo refugiados y migrantes en Grecia tras el acuerdo entre la UE y Turquía. 
 
"La evacuación forzosa de 8,000 personas del campo de Idomeni en las primeras horas del 24 de mayo de 2016 significó el fin de otro capítulo de la llamada “crisis de refugiados en Europa”. 
 
En esa inquietantemente tranquila mañana, los residentes despertaron con el sonido de las botas de 400 policías que andaban los desgastados caminos que, al azar, marcaban el vasto campo “no oficial”. 
 
Equipos compuestos de tres o cuatro oficiales vestidos de negro, con garrotes y máscaras de gas listas para ser utilizadas, se movieron de tienda en tienda “alentando” a los residentes a subirse a los autobuses y prometiéndoles que irían a “centros de recepción” ubicados en el norte de Grecia. Manteniendo toda la dignidad que podían, los refugiados abordaron los autobuses que los esperaban para viajar rumbo a una mayor incertidumbre.
 
Durante una caminata matutina a través del campo, tuve el privilegio de conocer a un hombre lo suficientemente mayor como para recordar a los soldados franceses saliendo de Siria en 1946. Walid tenía una enfermedad pulmonar crónica, y estaba esforzándose por decidir si el “sofocante calor de su tienda de campaña” o el “humo en el aire de afuera” era mejor para para aliviar la tensión de sus pulmones. Él me describió cómo la vida que disfrutó fue destruida por la guerra civil en la que se sumergieron su ciudad y su país desde hace cinco años. Intentó acceder al programa de reubicación mientras vivía en el campo, un servicio ofrecido sólo por medio de Skype. Pero no podía entender el concepto de Skype, y mucho menos podía descifrar cómo usar la herramienta online para aclarar sus dudas sobre el siguiente paso de su trayecto. 
 
Su vecina, una joven palestina de Siria, luchaba por lidiar con esta situación junto a sus hijos. Ella viajó a Grecia hace dos años, después de que una bomba destruyera la mitad de su casa y matara a dos de sus hijas. Después de una breve estadía en Idomeni, la familia se mudó a la Antigua República Yugoslava de Macedonia (ARYM) y vivió en un campo cercano a la frontera con Serbia durante casi un mes. 
 
“Un día llegó el ejército de la ARYM para obligarnos a regresar a Grecia. Intenté resistirme con todas mis fuerzas, porque no quería regresar a Grecia, quería reunirme con mi esposo en Alemania. Me subieron junto con mis hijos a un camión del ejército, y de ahí nos llevaron a prisión. En la celda había por lo menos 50 hombres provenientes de Pakistán y Afganistán. Yo era la única mujer. Fue uno de los días más humillantes de toda mi vida. Estaba tan aterrorizada que tenía pánico y a penas podía respirar. Les rogué que no me dejaran con mis hijos en esa celda junto a todos esos hombres, pero no les importó y se burlaron de mí.
 
Más tarde, nos llevaron a la frontera con Grecia, y ahí nos empujaron a través de un agujero en la valla de metal. Al llegar a Europa, pensé que nunca volvería a ver a humanos tratando a otros humanos de una manera tan inhumana, pero estaba equivocada.”
 
Cuando esta mujer hablaba, estaba claro que lo único que quería era reunirse con su esposo.
 
“Mis hijos no han visto a su padre en seis meses. Tengo miedo de viajar sola. Me siento perdida y aterrorizada si pienso que no lo volveré a ver otra vez.”
 
Independientemente de los motivos detrás de las evacuaciones de los campos, es importante pensar que quienes están siendo reubicados son personas reales, en vez de verlos como los balones políticos en los que se han convertido. El impacto que esto ha tenido en su salud mental y física ha sido profundo. 
 
Tomen por ejemplo el caso de un adolescente afgano, vestido de jeans y una camiseta, con el pelo atado; sentado en su tienda de campaña mientras toca tres de las seis cuerdas de una guitarra rota. Él describe como su familia lo envió a Europa después de que su padre fuera ejecutado por el Talibán. Para llegar hasta aquí, se ha visto forzado a crecer muy rápido junto a muchos individuos sin escrúpulos que están más que felices de explotar su inocencia a cambio de dinero u otras cosas peores. 
 

 
Luchaba por entender la razón de ser de Idomeni, y por qué no podía continuar su viaje. Tanto así, que él y sus amigos soportaron ser regresados desde la frontera de la ARYM 18 veces, algunas de las cuales concluyeron con severas palizas. Su ingenuidad también lo ubicó en el radar de los traficantes que prometían darle “un boleto dorado” hacia una vida mejor a cambio de una pequeña fortuna. Él usa la música para desahogarse, pero desafortunadamente, muchos de sus compañeros recurren a las autolesiones como un método para liberar sus frustraciones. 
 
Y aún así, en la Grecia de la actualidad, Walid, la mujer palestina y el joven afgano son “los afortundados”, la gente que llegó antes del 20 de marzo*. En la isla de Kos, Khalid, un joven pakistaní de 21 años que fue detenido por sus creencias religiosas, es uno de los detenidos como resultado del acuerdo entre la Unión Europea y Turquía. 
 
Soportó un arduo trayecto de 5,500 kilómetros a través de mar y tierra para llegar a Grecia. Habla de muchas experiencias cercanas a la muerte. La más destacada sucedió mientras escalaba el infame paso a través del Monte Maku, en donde vio como los miembros más débiles del grupo eran obligados (a punta de pistola) a continuar. Los cadáveres en el camino sólo servían como recordatorio de la otra opción. Él también describió palizas por parte de los traficantes que se encontró a lo largo del camino, y las semanas que pasó en condiciones hacinadas, sin agua, sin comida y sin información sobre dónde, cuándo o cómo llegaría a un lugar seguro. Ahora se enfrenta a una inminente deportación a Turquía y a un futuro incierto.
 
Mientras me encontraba en Idomeni, fui testigo del gran descontento entre los hacedores de decisiones y quienes están atrapados, viviendo la cruda realidad en el terreno. Los contradictorios mensajes que recibieron los refugiados sobre su futuro y sus opciones como resultado de este acercamiento peligrosamente complaciente, sólo sirvieron para empeorar su confusión y para prolongar su innecesario sufrimiento. 
 
Reflexionando como un ciudadano europeo, estoy profundamente avergonzado sobre cómo esta predecible y crónica “crisis” fue creada y sobre cómo se está lidiando con ella. La mala gestión sólo ha provocado que personas profundamente vulnerables sufran aún más, muchas de las cuales han emprendido peligrosos viajes después de lidiar con la peor parte de la guerra. Los refugiados son explotados para beneficio de otros, ya sea el beneficio de los traficantes o el de los políticos. 
 
Uno se pregunta, ¿cuántos Idomenis más serán o (están siendo) creados antes de que se implemente una resolución efectiva para aliviar el sufrimiento de algunas de las personas más vulnerables en Europa? Cerrar Idomeni y trasladar a la gente a nuevos campos, dividiendo un gran problema y convirtiéndolo en muchos problemas más pequeños, “escondiendo el polvo debajo de la alfombra”, parece ser otra respuesta políticamente reactiva a la vergüenza de refugiados de Europa. Parece que no estamos cerca de llegar a una solución humana." 
 

 
* El acuerdo entre la Unión Europea y Turquía se implementó el 20 de marzo de 2016. Todas las personas que llegaron después de esta fecha fueron sometidas a acatar las condiciones de este acuerdo, que incluye expulsiones masivas hacia Turquía. 
 

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