05.07.2018

Hasina, Fatima y Mohamed son rohingyas desarraigados que actualmente viven en Bagladesh. No se conocen, pero comparten el mismo destino de miles de rohingyas que se vieron forzados a escapar de Myanmar el año pasado. También tienen algo más en común, pues los tres viven con sus familias en el Campo 18. Esto es lo que tienen que decir.

 

Así como las ciudades se dividen en distritos, lo hace también el gigantesco campo de Kutupalong-Balukhali en Bangladesh. Actualmente hay 22 campos y sigue creciendo. Más de 620,000 refugiados Rohingya han buscado refugio en Kutupalong-Balukhali desde que estalló la violencia en Myanmar en agosto del 2017. Esta población ha establecido refugios en las colinas del distrito de Cox’s Bazar. Una carretera que cruza el campo de norte a sur permite la movilización de las personas moverse y facilita la entrega de ayuda entre incontables colinas.

 

El camino que lleva al Campo 18 se sitúa en la zona suroeste de Kutupalong-Balukhali. Todo lo que distingue a este campo de los demás, es que este es una de varias áreas creadas para albergar a refugiados Rohingya y aliviar la presión en las zonas sobrepobladas al este del campo. De lo contrario, con sus senderos escarpados que serpentean a través de hileras de refugios extremadamente apretados, se parece a otros campos. Hay más de 29,300 rohingyas viviendo en el Campo 18, es decir, unas 6,500 familias en el que ahora es hogar de las familias de Hasina, Fatima y Mohamed.

 

Hasina, 35 años

Hasina es viuda. Después de que su esposo fuera asesinado en Myanmar, escapó junto con sus cinco hijos – dos niños y tres niñas.

Algunos parientes le brindan ayuda y viven en el mismo camino que ella, pero todos los días son una lucha. Para empezar, el punto de agua más cercano dejó de funcionar, así que tuvo que ir a otra área del campo por agua. También necesita leña para cocinar, pero sus hijos son muy pequeños y le asusta tener que mandarlos al bosque a buscar madera. No quedan árboles en la cercanía, así que encontrar alguno puede tomar hasta más de tres horas a pie. Algunos rohingyas en otros campos tuvieron un golpe de suerte, pues les han dado pequeñas estufas de gas.

 

 

La llegada de los monzones sólo traerá más problemas a Hasina. Le preocupa que su refugio no soporte las lluvias torrenciales y los fuertes vientos provocados por el mal clima. Su vivienda, al igual que las demás, es pequeña. Es una endeble construcción hecha de palos de bambú atrancados en la tierra y finos tallos tejidos -también de bambú- que forman las paredes. La estructura entera está cubierta con plástico.

 

Muchos refugiados ponen algo pesado sobre sus refugios, comúnmente bolsas llenas con tierra, para evitar que el plástico vuele. Todas las viviendas están construidas de la misma forma, utilizando bambú. Son hechas por los mismos rohingyas con el material que les dan los trabajadores humanitarios.

 

Fatima, madre de cuatro niños.

Fatima Khatun se encontraba en el Campo 16, altamente poblado antes de ser forzada a ir hacia el Campo 18 en el oeste. Para ayudarla a establecerse, se le brindó un kit con suministros para vivienda e instrucciones de cómo armarla.

Pero Fatima también es viuda y no podía construir su refugio. Así que le pidió ayuda al Maji (un líder rohingya encargado del sector del campo donde vive) y él envió a unos voluntarios para brindarle una mano.

 

 

En octubre, Fatima huyó de Bangladesh con sus cuatro hijos de 3, 7, 9 y 11 años respectivamente. Pero ésta no era su primera vez en el país, ya había huido de Myanmar en 1992 para escapar de las autoridades que sometían a los rohingyas a trabajos forzados.

 

Terminó pasando dos años de su vida dentro de un campo en Bangladesh, y cuando regresó a su pueblo se encontró con que su casa había sido destruida. Ella y su familia construyeron una nueva, pero el año pasado, por segunda ocasión, se vio forzada a huir de Myanmar. Quedarse en el país claramente no era una opción.

 

Otro aspecto positivo para los refugiados rohingya es que los campos tienen muchas instalaciones médicas. MSF ha abierto cinco hospitales, diez puestos de salud y tres centros médicos que brindan servicios las 24 horas, los 7 días de la semana, en los diversos campos. Cuando uno de sus dos hijos enfermó, Fatima lo llevó a la clínica de MSF en el Campo 18 para que fuera examinado. Le dijeron que tenía paperas.

 

Mohamed, 45 años

 

Aunque la mayoría de las necesidades de los refugiados son cubiertas, la distribución de la ayuda puede ser desigual. Los rohingyas que son capaces de encontrar trabajo informal logran mejores condiciones de vida. Como el caso de Mohamed Eleyas, un obrero. Su padre de 45 años escapó de Myanmar el año pasado cuando uno de sus hijos desapareció.

 

 

Mohamed trabaja periódicamente, así que ha podido conseguir un teléfono y llamar a su hermano de vez en cuando. Mohamed era el propietario de una tienda de comestibles en su pueblo en Myanmar, pero lo ha perdido todo. Los soldados quemaron su tienda y su casa fue reducida a cenizas.

 

Su vivienda en el Campo 18 es claramente menos cómoda que su anterior casa. Hay una cocina con un horno de gas en el piso de tierra y dos cuartos, donde un tapete para rezar es la única decoración. Pero hay una fuente de agua cerca, lo cual es una gran ventaja. Las familias rohingya en algunos de los campos nuevos no son tan afortunadas, como en la extensión oeste del campo 20, donde los pozos y las letrinas son pocos y están lejos.

 

BOX. Clínica de MSF en el Campo 18

El tratamiento médico, la distribución de alimentos y artículos de primera necesidad como mosquiteros y bidones, la excavación de pozos para suministrar agua… La ayuda humanitaria llega en todos los tamaños y formas al campo de Kutupalong-Balukhali, que actualmente es el campo de refugiados más grande del mundo.

El equipo de MSF realiza, en promedio, 150 consultas médicas al día en su clínica en el Campo 18. Como en cualquier lugar del mega campo Kutupalong-Balukhali, las afecciones más comunes son la diarrea, las enfermedades respiratorias y las infecciones en la piel.