03.12.2019

Barreras en planificación familiar y migración por golpes: dos historias de violencia contra la mujer en El Salvador

Ocho de cada diez personas que Médicos Sin Fronteras atiende, por violencia, en el país son mujeres. Las mujeres sufren violencia en El Salvador y la capacidad institucional para enfrentar las consecuencias físicas y mentales es limitada y no se adapta a la realidad. Hoy, presentamos dos testimonios que evidencian diferentes formas de violencia en el país y las barreras que las mujeres enfrentan.

“A esta edad ya me toca, aunque yo no quiera” 

Laura (nombre ficticio) es una adolescente de 16 años de edad. De complexión delgada, y de baja estatura. Ella se había enterado de los servicios de salud sexual y reproductiva (SSR) de Médicos Sin Fronteras (MSF) en brigadas médicas y decidió acercarse. Desde el inicio fue clara: “Quiero planificar con la inyección”. Se le explicaron los diferentes métodos anticonceptivos disponibles y sus efectos, y, finalmente, se decidió por la inyección trimestral. 
 
Aunque el Estado salvadoreño permite el uso de Anticonceptivos en Adolescentes, y menciona en los Lineamientos Técnicos para la provisión de Servicios de Anticoncepción que no hay riesgo con su uso desde la menarquia hasta los 40 años, siguen existiendo dificultades de acceso a estos servicios por tabú, lo cual aumenta algunos riesgos.
 
Laura contó que no era primera vez que buscaba la inyección. Fue un día, a escondidas de su familia, a la unidad de salud. “Me quería poner la inyección para planificar, yo no quería salir embarazada.Llegué un día y la enfermera me preguntó: "¿Tu mamá ya sabe que tenés marido? Estás muy bicha (niña) para estar teniendo relaciones sexuales’" .Yo no respondí nada, la enfermera me volvió a decir que tenía que ir con mi mamá para que ella me pudiera  poner la inyección. Fui por la inyección y me la negaron”, asegura.
 
Para ella y su familia, ir a un supermercado, a una farmacia o a la unidad de salud es un riesgo. Además, vive en una de las comunidades más pobladas de Soyapango, un lugar donde las pandillas controlan y la policía intenta controlar. Los habitantes de las colonias y comunidades que no pueden acceder a los centros de salud que les corresponden por violencia o a otros debido a la pobreza, se acercan a las brigadas de MSF.
 
En el municipio donde ella vive se evidencian casos de violencia sexual de parte de la pandilla que ahí controla y que en ocasiones eligen a las chicas con quien ellos quieren tener relaciones sexuales, forzándolas a ser sus novias. Contó que ella es una novia forzada, una de las chicas que viviendo en áreas de influencia de una pandilla, algún integrante les obliga a convertirse en su pareja. 
 
Para Laura, esto inició a sus quince años. “A esta edad ya me toca, aunque yo no quiera”. Le dijo que, si no se hacía su mujer, la iba a matar a ella y los familiares.
 
Por eso, llegó hasta la brigada de MSF para pedir la inyección, pero contó que su periodo menstrual estaba retrasado. Se le tomó una prueba de embarazo y esperó el resultado. Era un momento tenso. Laura estaba angustiada y con miedo. 
 
El resultado de la prueba de Laura dio positivo. Ella sabía que no podía negarse a tener el hijo de un pandillero, sobre todo porque no tenía opciones. El Salvador es uno de los países con legislaciones más restrictivas en el mundo referente al aborto. Ni siquiera en casos de violación o cuando existe riesgo para la vida de la madre o del bebé se puede interrumpir el embarazo. Hacerlo, implicaría una larga condena de cárcel para quien tiene el aborto y para quien lo practica. 
 
La menor de edad tiene ya algunas semanas de embarazo y realiza su control prenatal. “Ahora ya se mueve el bebé”, dice. “Le hablé y ahora ya le tengo cariño”, culmina.
 

“Golpeada, en el suelo, quise huir al norte”

 
La historia de violencia de Karla (nombre ficticio)* empieza en El Salvador, haciendo pan de día y siendo golpeada por la noche.
 
Debía entregar cierta cantidad de dinero a su esposo para poder mantenerlo “feliz”. Diariamente se esforzaba y trabajaba hasta tarde en la panadería para poder llevarle el dinero que él pedía. A cambio, solo recibía gritos y amenazas porque, según él, nunca era suficiente. Al darle esa cantidad de dinero, limitaba gastos personales y no le alcanzaba para mantener a sus hijos. Cuando ella decidía darle dinero a sus hijos para que comieran y no a su marido para que se emborrachara, la amenazaba diciéndole que la mataría inmediatamente. 
 
Entre todas sus preocupaciones, el evitar que sus hijos fueran testigos del homicidio de su madre, era otra más. “Si no le daba a mi marido lo que él pedía, se ponía muy violento, me decía que me iba a matar. Se ponía peor cuando bebía alcohol. Era capaz de matarme”, cuenta Karla. Así pasaron los meses, entre amenazas. No podía ver a amistades ni familiares, ni contar lo sucedido nadie. 
 
El único lugar donde ella se sentía libre y tranquila era en la panadería. Lejos del abuso y del maltrato físico. Pero, por la noche, la historia se repetía, como se había repetido por casi diez años consecutivos. 
 
Un día, el marido de Karla la vio hablando con unas vecinas. “Mi esposo notó que estaba con un grupo de mujeres. Lo vi caminando hacia mí y me siguió y me maltrató enfrente de ellas. Me arrastró a la casa, me cogió del cuello, me alzó y me golpeaba sin parar. Me tiró al suelo. Estando débil bajo él, me golpeó la cara hasta hacerme sangrar de los oídos, de la nariz y de la boca”. 
 
Mientras estaba herida, a Karla se le ocurría dejarlo todo, sin importar cómo. “Golpeada, sangrando en el suelo, quise huir al norte”, afirma. En su recuperación, solo quería irse de ahí, dejar ese sufrimiento que había vivido. Cuando se sintió mejor de salud, empezó a reunir información para poder huir hacia Estados Unidos y buscar los medios para recuperarse de las heridas físicas e invisibles que había llevado por años. Para su mala suerte, su marido descubrió su secreto. El hombre estaba decidido a matarla.
 
Cogió nuevamente por la fuerza a Karla, golpeándola más fuerte que nunca y gritándole: “Nunca vas a ser libre. Nunca. Ni aquí ni allá. Ni aunque estés sola o con alguien más”.  Eso le dijo: nunca sería libre.
 
Karla huyó hacia Estados Unidos. “Fue un viaje duro pero logré llegar” se casó y empezó una familia allá. Médicos Sin Fronteras se cruzó con Karla en El Salvador. Ella y su nueva familia se vieron forzados a volver cuando deportaron a un miembro de su familia.
 

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