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17.12.2020

Días después de que el Huracán Iota destruyera la isla de Providencia, un equipo de MSF viajó al lugar para atender a las personas más vulnerables. Este es el panorama que se observa casi un mes después de la tragedia.

La noche del 16 de noviembre, el Huracán Iota partió en dos la historia de Providencia. Esta pequeña isla de 5,000 habitantes, que hasta ese día fue uno de los principales lugares turísticos de Colombia, quedó totalmente arrasada por la fuerza destructora de una tormenta sin precedentes. Un mes después de la tragedia, en la mente de muchos de los sobrevivientes todavía resuenan los crujidos de los árboles arrancados furiosamente por la violencia de los vientos, así como los bramidos del océano que anunciaban una especie de fin del mundo.

Las horas posteriores sucedieron entre el aturdimiento de quienes resistieron los embates del Huracán y la angustia de los familiares que desde otros lugares de Colombia buscaban con desespero una señal de vida. A medida que la gente se empezaba a reponer, intentando reiniciar una vida después de la tragedia, fueron apareciendo en la isla las entidades y las organizaciones encargadas de la respuesta a la emergencia. Entre ellas un equipo de Médicos Sin Fronteras, que llegó en vuelos comerciales a San Andrés y de ahí tomó un Catamarán que en tiempos más felices transportaba turistas con ojos maravillados por la belleza del lugar.

“Una vez en el muelle nos encontramos con muchas escenas impactantes”, cuenta Alejandrina Camargo, la médica líder de equipo de MSF en Providencia. El revuelo típico del lugar estaba protagonizado esta vez por cientos de personas pidiendo ayuda, preguntando con insistencia por sus familiares a todos los recién llegados. En los alrededores otros se dedicaban a recoger escombros de las vías y algunos más intentaban salvar lo poco que quedó servible en sus casas luego de la tormenta. Según Camargo, “la situación de salud de la población es precaria, especialmente en temas de salud mental”.

¿Cuál es la situación en este momento en Providencia?

La situación en este momento en Providencia es una emergencia con múltiples amenazas para la salud de la población: es un escenario donde hablamos de una isla que ha tenido históricamente un sistema de salud frágil, que se ha visto más amenazado por un desastre de origen natural, por las posteriores condiciones de hacinamiento de los sobrevivientes, en carpas y espacios inadecuados de alojamiento, con condiciones precarias de agua y saneamiento en los albergues.

Providencia es un lugar donde el dengue es endémico y en este momento hay mayor proliferación de los vectores por cuenta del clima. Además estamos en medio de una pandemia de COVID-19, que ha presentado un aumento de casos repentino posterior a la emergencia. También existen otras situaciones que pueden presentarse por cuenta del desplazamiento de las personas, por ejemplo el aumento del riesgo de violencia intrafamiliar y violencia sexual.

 

 

¿Cuáles son las principales necesidades médicas de la población?

Las necesidades médicas y psicológicas de la población de Providencia son múltiples, aunque han cambiado con el paso de los días. En la primera fase, durante el Huracán y en los momentos posteriores, hubo muchas personas con heridas de tejidos blandos, que se lastimaron con árboles y ramas que cayeron, o con los escombros saliendo de sus casas; personas afectadas por la continua exposición a las lluvias, por tener ropa mojada por varios días; también encontramos personas que perdieron sus medicamentos para sus enfermedades crónicas en medio de la emergencia. Acá hay una prevalencia importante de enfermedades como diabetes, hipotiroidismo, hipertensión y enfermedades mentales crónicas.

En este momento se podría decir que estamos en una segunda fase donde vemos muchos casos de estrés agudo producido por la emergencia, el inicio de procesos de duelo por algún familiar que falleció, por la pérdida de los negocios y los bienes materiales e incluso por la pérdida de las mascotas. Hay muchas personas muy angustiadas, muy ansiosas, se sienten abandonadas, con pocas redes de apoyo. La situación se agrava para ellas porque no tienen posibilidades de acceder a salud inmediata por la dificultad de moverse de sus lugares por una discapacidad, por falta de dinero para pagar un transporte hasta el hospital y por el temor a contagiarse de COVID-19, entre otras razones.

¿Cómo ha sido la respuesta de MSF a esta emergencia?

Nuestro trabajo ha sido principalmente extramural, fuera del hospital, yendo a los barrios y a las casas de las personas que por los motivos que comenté antes no han podido acceder a servicios de salud tras el paso del Huracán. Con el equipo armamos una especie de clínica móvil que llega hasta las personas más vulnerables llevando medicamentos, haciendo curaciones de heridas, respondiendo consultas básicas, atendiendo personas con estrés agudo e identificando síntomas en salud mental que pueden requerir seguimiento para evitar el desarrollo posterior de una enfermedad psiquiátrica. 

En este caso la atención en salud mental es fundamental, pues hemos visto muchas personas afectadas, con mucho temor, que no pueden conciliar el sueño, pierden el apetito, prefieren permanecer aislados por temor de salir y para evitar darse cuenta de cómo quedó la isla. Ese ha sido el foco principal de nuestras actividades, pero también hemos donado medicamentos e insumos médicos al hospital que se levantó para atender la emergencia.

 

 

¿Cuáles fueron los retos principales para MSF?

Al principio fue un asunto logístico, porque no había espacio para poner una carpa para atender a los pacientes, había escombros por todos lados, absolutamente todas las personas estaban volcadas en tener lo básico para sobrevivir, para comer, tomar agua, conseguir un techo. El clima posterior al Huracán fue un gran obstáculo adicional, no paraba de llover y soplaban vientos muy fuertes, lo que aumentaba el temor en la población de que este evento se repitiera y para nosotros era muy difícil trabajar.

También fue un gran reto encontrar el espacio donde podíamos ser más significativos, porque era muy evidente que existían múltiples necesidades de todos los tipos, pero necesitábamos encontrar esa necesidad particular, esa población vulnerable a la que tal vez no le estaban llegando las ayudas. Ese es el mandato de MSF, estar en donde nadie más llega, y así fuimos encontrando cientos de personas en situaciones muy precarias. Me impactó mucho ver que cinco días después del Huracán encontramos personas que no querían salir de sus casas ni a buscar comida, que tenían puesta la misma ropa que vestían la noche de la tragedia y que no tenían ni una sola prenda seca para cambiarse. 

¿Qué otras situaciones recuerda particularmente?

Este proceso me ha dejado muchas reflexiones y aprendizajes. Un momento que fue muy significativo para mí y para el equipo fue cuando llegamos a Providencia a hacer la primera evaluación de la situación. En el puerto tuvimos que buscar transporte para ir al hospital y nos subimos en el bus que una comunidad religiosa había puesto en servicio gratuito para ayudar a quien necesitara moverse por la isla. 

Fue muy impactante porque al principio íbamos todos en silencio, y de repente las personas, una a una, empezaron a  compartir sus experiencias durante y después de Huracán. Durante el recorrido también contaban cómo había cambiado la isla por cuenta de la tragedia, señalaban hacia afuera y decían: “esto era un restaurante, esta era la casa de un vecino, aquí quedaba la tienda de tal persona”. Nosotros nos mirábamos con el equipo y no teníamos palabras para responderles, simplemente los escuchábamos. Fue muy emotivo porque luego con el equipo conversamos y nos dimos cuenta de que eso era justamente lo que teníamos que hacer en ese momento: escuchar lo que las personas nos estaban contando para poder entender la magnitud real de lo que estaban viviendo y la ayuda que necesitaban de nosotros.