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23.12.2020

Ervin y Vanessa, son dos migrantes hondureños que tuvieron que dejar sus comunidades tras el paso de los huracanes y ahora se encuentran en México, en un nuevo escenario de la ruta migratoria en el que la pandemia ha dificultado aún más este camino. La violencia que sufren los migrantes se ha ido incrementado y debido a la COVID-19 muchos albergues han cerrado obligándolos a dormir en la calle, más expuestos a la enfermedad y a la delincuencia que ha encontrado un negocio en su peregrinaje. Estas son sus historias, recogidas en Coatzacoalcos.

Ervin (Honduras)

Tengo 17 años y soy de Honduras del departamento de Siguatepeque, yo trabajaba en la tierra, tenía mi milpa y sembraba frijoles y algunas otras hortalizas, nomás para irla pasando. 

Decidí irme debido al huracán porque hizo muchos desastres allá y perdí mis cosechas, se arruinó mi tierra y pues allá no hay trabajo, no se puede ganar nada, nomás trabaja uno para ir pasando el día, no puedes hacerte de nada, reconstruir tu casa o tener un futuro.

Me salí hace unos días, tuve que dejar a mi mamá y a mis tres hermanas más chicas. Y con la llegada del huracán ya no vi manera de salir adelante sin nuestras tierras. Estoy buscando llegar a Monterrey, donde está mi papá. 

El año pasado salimos los dos en busca de trabajo, antes de la COVID-19 pero a mí me detuvo la migración cuando llegamos a Veracruz, muy cerca de Tierra Blanca. A mí me deportaron, pero él logró escapar y está trabajando en Monterrey. Estuve en la estación migratoria de Acayucan durante cuatro días y tres días después ya estaba otra vez en mi casa

Mi plan es llegar a Monterrey y trabajar con mi papá, me gustaría buscar la manera de trabajar legalmente, pero soy menor de edad y estoy viajando solo y no sé si lo lograré porque sé que el camino es difícil. La vez pasada que venía con mi papá, veníamos mejor porque podíamos agarrar el bus pero ahorita ya no se puede y como vengo solo ya para mí es más difícil, tengo que caminar más que la vez pasada y pasar hambre. Esta vez el camino ha sido más largo, ya llevo 18 días caminando y apenas estoy en la entrada. Me han robado todo. Traía una mochila con ropa, unas chancletas y me robaron hasta los zapatos que traía. Me quitaron lo que llevaba puesto, el cinturón y mi teléfono. Me dejaron sin nada, sin dinero.

Me paré afuera del albergue porque dicen que no podemos entrar a descansar ni a bañarnos o pasar la noche, pero están dando comida. Esta vez no hay muchos lugares donde quedarnos. Dormimos donde nos agarre la noche, en el monte, debajo de los puentes, de un árbol.

Ahí venimos también con el miedo a cuestas. El sábado pasado nos secuestraron, veníamos caminando por la vía del tren y nos agarraron. Nos cobraban 5,000 dólares por cada uno. Les dije que no tenía familia en ningún lado ni en Estados Unidos y ahí me tuvieron tres días. Me soltaron porque ya no tenía nada, porque ya me habían asaltado. Me soltaron, pero si tuve y tengo mucho miedo. Duermo poquito, estoy alerta como con nervios, a veces los amigos que encontré aquí me hablan y no escucho, me siento perdido, creo que me quedé asustado.

La primera vez que salí con mi papá, la idea era entrar a Estados Unidos, pero ahorita lo que quiero es llegar a Monterrey estar un tiempo ahí, trabajar ahí y juntar dinero para después ver si podemos entrar a Estados Unidos.

Ahora esta vez pues lo diferente es la situación de los albergues porque por la COVID-19 están cerrados. Yo sé que es un virus que se transmite de una persona a otra, sé que hay que estar echándose gel en las manos, lavándonos las manos a cada ratito y usar mascarilla, pero con qué dinero las compro. Así que tratamos de cargar agua para poder lavarnos las manos porque no hay donde. La verdad es que ahora traigo preocupaciones más importantes y pues a veces se me olvida que hay COVID-19. 

Por la comida no hemos sufrido porque hemos estado pidiéndole a la gente. Hay quienes nos ayudan, pero para dormir, si no tenemos un lugar seguro, toca hacerlo con miedo y estar pendiente de que no nos pase nada.

Solo hemos encontrado refugio en dos albergues, en Palenque y en Salto del Agua. Estaban bien los albergues, en buenas condiciones, había la posibilidad de tener distanciamiento y nos enseñaron a lavarnos las manos y nos dieron unas mascarillas.

Ahorita me siento animado porque ya llegamos hasta aquí. Me había sentido desanimado porque nos hemos encontrado con retenes y hay gente que nos dice que no hay forma de pasar más allá pero ya ahorita me siento con ganas y voy a intentar agarrar el tren y pues espero poder llegar pronto con mi papá. Todos los días lo primero en que pienso es en cómo está mi familia, como están en la casa.  No he podido hablar con ellos porque me robaron el teléfono. Me quedé preocupado por la situación en la que se quedaron allá. 

 
 
 

Ingrid Vanessa Murillo, Honduras

Tengo 22 años y vengo de Honduras, del departamento Cortés. Trabajaba en una tienda. Tengo una bebé que tiene dos años. Estoy viajando sola. Dejé a mi hija con su abuela paterna. Tuve que dejar a mi familia, a mi mamá, a mi abuela y a mis tíos por el huracán, porque nos ha afectado mucho. Nos quedamos sin trabajo, perdimos nuestras cosas y eso nos está obligando a salir, porque necesitamos darle de comer a nuestros hijos y no hay trabajo para poder sacar a nuestra familia adelante porque en Honduras nuestro país está “botado”. No hay empleos. Uno se mata para trabajar para pagar solo la comida, porque solo nos alcanza para eso.
 
Gracias a Dios la violencia en Honduras todavía no me ha afectado, pero con el huracán, perdimos todas nuestras cosas y mi idea es poder pasar al otro lado Estados Unidos para poder darle un mejor futuro a mi hija y a mi familia. Llevo 12 días viajando. Estoy apenas en el inicio. Ha sido muy difícil sentir el cansancio en los pies, las llagas en los pies, a veces pasar hambre, pero ahí vamos para adelante. Gracias a Dios no me ha pasado nada. Cuando llega la noche tratamos de buscar refugio en las casas de migrantes para después arrancar de nuevo. Soy una mujer que va viajando sola, me traje un poquito de dinero y voy comprando alguna cosa para no pasar hambre.
 
En Chiapas nos dijeron que estaban secuestrando hondureños para pedirles dinero a sus familiares y que si no lo mandan pues nos matan. Por eso trato de tomar el bus para más seguridad y pues ahora me toca agarrar el tren. Ya llevaba 12 horas caminando. Tengo miedo de subirme al tren porque se supone que tenemos que agarrarlo cuando vaya muy despacio y eso a mí me pone nerviosa. Vi a un señor que se lo llevó la máquina y eso me asusta mucho.
 
Es la primera vez que intento ir a Estados Unidos. No tuve otra opción. A veces nos quedamos con personas que nos rentan un lugar en su casa, pero también me ha tocado dormir en parques pasando frío y miedo. Hemos dormido mal porque pasamos frío en la calle. A veces me siento muy irritada, me molesto por todo y deseo estar sola. Hasta la cabeza me duele cuando estoy molesta.
 
Mi plan es buscar un lugar donde acomodarme, buscar uno o dos trabajos en Estados Unidos, trabajar lo más que pueda y muy duro para después poder traer a mi hija porque ella tiene que crecer conmigo y necesito ayudar a mi familia y pues la idea es arreglar mis papeles para poder viajar a Honduras ir y regresar por mi hija.
Pude conseguir albergue solamente en Guatemala y una sola vez en México. Ahí nos explicaron las medidas de prevención que teníamos que tener, la distancia entre nosotros y pudimos lavarnos, comer, dormir y descansar. Intentamos lavarnos las manos, andamos cargando agua para poder hacerlo. Estar en ese albergue fue como un descanso.
 
A veces siento un dolor en el pecho, que si respiro me duele. Yo nunca me he tratado con un médico. Ahora estoy esperando consulta con la doctora de MSF. A veces me da por pensar mucho, en las cosas que vi antes de dejar Honduras. En lo que se llevó el huracán. Me duele mucho haberme ido, extraño mucho a mi hija, a mi mamá y a toda mi familia.
 
El primer huracán, ETA fue horrible, me tocó ver a una pareja de ancianos luchando con la corriente del río y a la señora se la llevó la corriente y pude ver el dolor de ese hombre de perder a su esposa. Una familia con dos niños, también uno de dos y otro de cuatro, también vivieron aterradas que la tierra sepultó sus viviendas y a la niña de cuatro la arrastró el huracán, se la llevó el río que se desbordó. Fue horrible, me puse a llorar y le pedí a Dios que cuidara a todos los niños.
 
Cuando vi eso pensé en mi hija porque en ese momento estaba en casa de su abuela y no podía contactarlos, no tenía señal. Yo lloraba porque no podía comunicarme con mi familia y no sabía cómo estaban ellos, ni cómo estaba mi hija.
 
Fue terrible toda la devastación, gente llorando porque perdieron todo, familiares, sus cosas que el agua se llevó. Y antes de salir, ya acababa de pasar el segundo huracán y creo que ese fue peor. El viento exagerado, muy fuerte se llevaba coches, casas.  
 
Perdí mis cosas. Mis familiares lo perdieron todo, uno puede decir que lo material se recupera, pero en mi país es muy difícil poder lograrlo. Son cosas que te cuestan mucho conseguir en mi país. 
 
Un día antes de salir, fui a ver a mi hija. Ella me decía "mami te amo" y yo le conté que yo me iba a ir y que se tenía que portar bien y que no olvidara que yo iba a regresar por ella, que no pensara que yo le iba abandonar que yo tenía que irme para poder sacarla adelante. Decidí no traerla porque es muy peligroso, pero me siento triste porque la extraño y sé que ella me extraña mucho. A veces me pongo a llorar cuando veo sus fotos en mi teléfono, pero no tuve opcion: lo hice para darle una mejor vida, una donde tengamos lo necesario para comer y tener un techo donde vivir.